El elixir que compré para transformar a mi novia
Tres gotas al día durante tres días. Eso me dijo la mujer del local sin nombre. Lo que no me advirtió fue lo que pasaría si alguien se equivocaba con el frasco.
Tres gotas al día durante tres días. Eso me dijo la mujer del local sin nombre. Lo que no me advirtió fue lo que pasaría si alguien se equivocaba con el frasco.
Salí del restaurante con él rumbo al motel. Mi marido me esperaba en casa, pero esa noche le debía a mi jefe una despedida muy distinta.
Si eres una mujer alta te das cuenta de cómo te miran. Aquella tarde, entre estanterías polvorientas, supe que un hombre me había marcado como su próxima presa.
Me quedé sola recogiendo botellas en el patio, con un short que marcaba mis curvas nuevas, cuando él se acercó por detrás y supe que esa noche no dormiría.
Nunca pensé que unas fotos en lencería roja terminarían enseñándome una parte de mí que llevaba años escondida bajo el traje y la corbata.
Nunca había caminado en tacones ni sentido la seda de una tanga contra la piel. Esa noche aprendí las dos cosas, y el hombre que me esperaba en la limusina pensaba enseñarme mucho más.
Me afeitaba, me ponía la peluca y los tacones, y le hablaba a la cámara como si alguien fuera a venir de verdad. Una noche, alguien vino.
Su vestido negro parecía pintado sobre la piel y sus ojos enormes me pedían algo que ni ella sabía nombrar. Entre el neón rosa y el calor, todo cambió esa noche.
Él sabía leer el miedo de cualquiera. Lo que no esperaba era que aquella travesti de vestido rojo le pidiera, en voz baja, que se lo quitara todo.
Creí que estaba sola cuando lo dejé salir por la puerta de atrás. No conté con que mi sobrino me había seguido la noche anterior y lo había visto todo.
Cruzó las piernas en la barra, se mordió los labios y dejó que el vestido subiera lo justo. Sabía que él bajaría a buscarla, y sabía bien qué iba a darle.
Me bajé descalza de la camioneta, en tanga, con las luces de algún coche lejano cruzando la carretera. Y supe que esa era la imagen que había venido a buscar.
A la mañana siguiente, Marta me miró por encima del café con una sonrisa que no era inocente. Había usado mi portátil. Lo sabía todo, y yo no tenía adónde esconderme.
Cada paso hacía tintinear los engranajes del corsé y dejaba ver el liguero. Esa noche ninguno de los dos pensaba salir de la fiesta como había entrado.
Apareció sin foto, con veintidós años en el perfil y una boca capaz de cualquier cosa. Después de la mamada me bloqueó. Pasó dos veces. A la tercera no quedaba nada que negarme.
Cuando el viejo me dijo «venite quince días y no preguntes nada», debí haberme negado. En cambio agarré el bolso y subí a la camioneta sin mirar atrás.
Subí esos escalones con el corazón a mil, sin imaginar que saldría del piso convertido en otra persona y con un nombre de mujer en los labios.
Bajo el uniforme de cajera escondía lencería carísima y un secreto que ningún pasajero del último colectivo llegaba a imaginar.
Lo cruzaba de vereda por instinto: cuarenta y dos años, brazos de obrero, manos negras de grasa. Hasta la noche en que le cebó un mate sin decir nada.
Hacía semanas que esas dos sombras la seguían a la distancia. Esa noche, en vez de apretar el paso, se dio vuelta y los esperó.