La madrugada en que dejé de esconderme
Esa madrugada, cuando arrancó la sábana de un tirón, supe que ya no había nada que disimular: él lo sabía, y yo quería que lo supiera.
Esa madrugada, cuando arrancó la sábana de un tirón, supe que ya no había nada que disimular: él lo sabía, y yo quería que lo supiera.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Esperaba un solo juguete. Dentro de la caja había una colección entera, y Lucía supo que esa tarde, sola en el piso, nadie iba a interrumpirla.
La pared era delgada, mi cama crujía contra ella y, una mañana, encontré una nota deslizada bajo mi puerta. Alguien había estado escuchando todo.
Subí a usar el baño y él me estaba esperando con la bragueta abierta. Lo que no calculé fue que alguien iba a abrir la puerta justo cuando estábamos en cuatro.
Durante un año entero viví dos vidas: la profesional perfecta junto a mi pareja, y la amante insaciable que volvía cada noche al hotel. Hasta que la televisión anunció su muerte.
Compré ese juguete por puro aburrimiento. Lo que no calculé fue que el encargado del edificio terminaría sosteniéndolo entre sus manos, mirándome a los ojos.
Hace cinco semanas que no apareces, y esta noche, con la casa para mí sola, decidí que no iba a esperar más para terminar lo que dejaste a medias.
Tardé años en entender lo que mi cuerpo me pedía. Y cuando por fin lo entendí, ya no hubo manera de volver atrás ni de conformarme con poco.
Llevaba semanas pensándolo. La caja llegó un martes cualquiera, sin remitente, y Adrián la escondió en el armario hasta que la casa quedó en silencio.
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Llegaron en una caja sin remitente. No imaginé que esa misma noche terminaría encerrada en mi cuarto, mordiendo la almohada para que nadie me escuchara.
Aparqué detrás de los árboles, extendí la toalla en el asiento trasero y pensé que estaba completamente solo. No imaginaba lo que vería al encender los faros.
Cuando el técnico arregló mi computadora creí que todo había terminado. No sabía que ya conocía a Marina, mi secreto mejor guardado, y pensaba usarlo en mi contra.
Llevo media hora escribiendo y ya no sé si las manos que recorren esa piel son las del personaje o las mías sobre mi propio cuerpo.
Apenas se cerró la puerta detrás del último invitado, supe que esa noche no iba a poder dormir hasta vaciarme entera frente al espejo.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Tenía la casa para mí sola, dos juguetes en el cajón y una idea que me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Esa noche por fin iba a atreverme.
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.