La fiesta privada donde fui al fin la mujer que soñaba
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Me llevó al río con la excusa de la pesca, pero los dos hombres ya sabían que el único cebo de la jornada iba a ser yo.
Un desconocido me prometió encontrarse conmigo en la última fila, pero terminé en manos de todos los demás, ofrecida una y otra vez en la oscuridad.
Había entrado en su torre a saldar una vieja deuda. Lo que no esperaba era quedarme inmóvil tras la cortina, conteniendo el aliento, incapaz de apartar la mirada.
Bajé a un pueblo perdido de los Andes a cerrar un negocio. Esa noche descubrí por qué allí nadie preguntaba por los parentescos.
El cuarto día en la playa una desconocida me pidió que vigilara sus cosas. Horas después descubrí de quién era esposa, y ella ya había decidido qué pasaría conmigo.
Me dijo que si quería su culo me lo tendría que ganar. Lo que no esperaba era que apareciera en mi portal la noche de fin de año, con una maleta y una orden.
Cuando Marina cruzó la arena hacia mí, supe que no venía sola: traía a su marido detrás, sumiso, y una propuesta que ninguno de los dos podría rechazar.
La consultora que entró a presentar números resultó ser la mujer más perfecta que había visto. Antes de medianoche, de rodillas, me pedía que la marcara como mía.
Carmen creía conocer cada rincón de su casa, hasta que Marisol se sentó frente a ella y empezó a contarle, con la voz baja, todo lo que había hecho mientras ella no estaba.
Llevaba semanas mirándola de reojo en la escalera. La tarde que llegué a casa y la encontré en mi sofá, descubrí que el deseo no entiende de etiquetas.
Habíamos acordado las reglas durante semanas, pero cuando la puerta se cerró y me ataron a la cama, entendí que esa noche dejaría de pertenecerme.
Apenas podía sostenerme en pie cuando ella ajustó el cuero sobre mi garganta y susurró que, a partir de esa noche, yo le pertenecía por completo.
La conocía del trabajo: brillante, arrogante, imposible de aguantar. Lo que no imaginaba era encontrármela desnuda, de rodillas y vendada, esperando órdenes.
Cerré los ojos, levanté el culo y esperé a oír su voz. No quería lencería ni coqueteos: solo encontrarme desnuda y lista para que cumpliera su promesa.
Lo deseé apenas lo vi en la vitrina. Esa misma noche decidí que un solo encuentro con un extraño bastaría para que fuera mío, y para descubrir hasta dónde llegaba mi deseo.
Faltaban dos horas para la videollamada y mi cuerpo ya temblaba. No iba a tocarme ni una vez; bastaba con que escribiera lo que tenía que hacerme a mí misma.
Tres días huyendo por el desierto la dejaron sin fuerzas. Cuando por fin encontró agua, un cañón de escopeta la apuntaba a la cara y una voz le exigió desnudarse.
Me miré al espejo, me mordí el labio y supe que esa foto traería consecuencias. No tardó ni tres minutos en aparecer la llave en mi cerradura.
Hay mañanas en que despierto mojada, con los pezones duros y un único pensamiento fijo. Empezó otra de mis semanas de celo y nadie en casa imagina lo que escondo.