Lo que hice por papá cuando mamá nos dejó
Tres días con el mismo traje, derrumbado en el sillón. Yo era la única mujer de la casa ahora, y decidí que la vida seguía aunque tuviera que empezar desnudándolo.
Tres días con el mismo traje, derrumbado en el sillón. Yo era la única mujer de la casa ahora, y decidí que la vida seguía aunque tuviera que empezar desnudándolo.
Vivo desnuda en este departamento donde nadie nos conoce, esperando que mi hijo vuelva cada noche. Después de él no habrá otro hombre, y lo supe desde el primer día.
Le había rogado mil veces y siempre me frenaba con la misma excusa. Hasta que esa noche, en la penumbra del dormitorio, me dijo que sí.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Estaba en su sofá, con la falda subida y el coño mojado, y solo tenía que decir una frase para que yo no me marchara y la dejara así, esperando a su marido.
Cuando abrí mi maleta en la cabaña no había nada mío: solo tangas de encaje, faldas cortas y maquillaje. Carla me miró con calma y dijo que esa era mi única chance.
Llamó a mi puerta desesperada: a su marido lo habían detenido. Accedí a ir, pero con una sola condición, y ella no estaba en posición de negarse a nada.
Bajé del tren con una sola idea en la cabeza, y al cruzar la puerta de su piso supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que aquello era una visita de familia.
La llave seguía calentándome el bolsillo desde la noche anterior. Sabía que ella estaría despierta, esperándome, con la bata abierta y la cafetera al fuego.
Cuando el departamento quedaba vacío, abría el cajón de mi madre y me convertía en otra. Esa tarde, una sombra en la ventana lo cambió todo.
Aún sentía el eco de la noche anterior entre las piernas cuando entré en su cuarto. Mi hija dormía con cara de ángel y yo solo pensaba en repetir.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Nunca pensé que una charla de madrugada con mi abuela, las dos copas a medias y la tele de fondo, terminaría destapando lo que cada sábado ocurría en la otra casa del pueblo.
Quedé atado boca arriba, con las piernas abiertas y sin saber qué iba a sacar a continuación de aquel bolso negro que dejó sobre la cama del hotel.
Eran las tres de la mañana cuando escuché la llave en la cerradura. Me escondí detrás de la cortina sin imaginar lo que mi madre dejaría que le hicieran a un metro de mí.
Vino a mi cuarto a reclamarme por lo del sábado, pero lo que me confesó después me dejó sin aire: él lo había visto todo, y le había gustado.
Cruzó la ciudad sin más equipaje que su deseo. Cuando la puerta se abrió, supo que aquel hombre no iba a pedirle permiso para nada de lo que pasaría.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Nadie imaginó que una botella de vodka vacía, girando sobre la alfombra de un salón, bastaría para borrar todas las líneas que separaban a tres parejas.
Mi vida sexual se había vuelto predecible, así que esa noche le escribí a mi follamigo una propuesta que ninguno de los dos imaginó hasta dónde nos llevaría.