Lo imaginé entero mientras me tocaba sola
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Me prometí no tocarme hasta llegar a casa, pero entre el trabajo, el gimnasio y un desconocido demasiado guapo, mi cuerpo tenía otros planes.
Cuando crucé el umbral de su ático, supe que ese mes con mi hermana mayor no iba a parecerse en nada a las vacaciones familiares que mis padres imaginaban.
Solo quería llegar a casa. Pero sus ojos color miel y esa media sonrisa de chico que sabe lo que quiere me hicieron cambiar el rumbo en mitad de la estación.
Llegó deshecho en lágrimas porque su novia lo había dejado justo ese día. Su madre solo quería consolarlo. Ninguna de las dos imaginó hasta dónde llegarían.
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.
«Tú entras con la cara tapada y le das placer delante de él», me dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y yo, en lugar de negarme, ya estaba imaginándolo.
Subí furioso a regañarla por el ruido, pero cuando abrí la puerta y la vi así, fui yo quien se quedó sin palabras y sin voluntad.
Llegué destrozada por la muerte de mis padres. Verónica me prometió que en Brasil aprendería a olvidar, pero nunca imaginé cómo pensaba consolarme mi propia hermana.
«Si eres un niño bueno tendrás premio», me dijo antes de salir. No imaginé que el premio sería compartido, ni que mi madre disfrutaría tanto mirando.
Cuando bajé del coche vestida de marinera, los seis amigos de mis hermanos silbaron sin saber todavía cuál era mi secreto ni lo que estaba a punto de hacer por el festejado.
En las duchas del instituto miraba siempre a escondidas. Esa tarde, volviendo del entrenamiento, Mateo me hizo la pregunta que llevaba años esperando.
El contrato pagaba el doble si adaptaban el número a algo más adulto. Marisol pensó en las deudas; Camila, en cómo las miraba el anfitrión.
Bastó una mentira para que mi padre dejara de mirarnos con rabia. Mi hermana lo supo antes que yo, y me hizo una señal con la cabeza para que siguiera.
Llevaba años escondiendo a la mujer que gritaba bajo mis manos. Esa noche, una viuda y su sirvienta descubrieron quién mandaba de verdad en aquella casa.
Sirvió la cena como cada noche, pero esta vez se arrodilló junto al sofá. En aquella casa, tras la quiebra, su hijo había impuesto una lógica nueva.
Pensé que lo peor del viaje sería compartir habitación con mis padres en plan luna de miel. No imaginaba que, a oscuras, sería yo quien no podría quedarse quieto.
Cerré los ojos para imaginarlo mirándome. Cuando unas manos me sujetaron la cintura por detrás, pensé que sabía de quién eran. Me equivocaba por completo.
Subí a cambiarme por algo más atrevido mientras ellos se duchaban. A esa hora ya sabía que, si bajaba a la cocina, no iba a poder contenerme.
Cuando entré al baño no imaginé que su madre me esperaba, ni que mi sobrina aparecería en la puerta con una sonrisa que lo cambiaría todo.