Los excesos que vi cuando vendía mi cuerpo
Creían tenerlo todo bajo control hasta que algo se rompía. Yo estaba ahí, mirando y participando, aprendiendo dónde estaba la línea que no pensaba cruzar.
Creían tenerlo todo bajo control hasta que algo se rompía. Yo estaba ahí, mirando y participando, aprendiendo dónde estaba la línea que no pensaba cruzar.
Esa noche junto a la piscina creí que solo me esperaba un baile. No imaginé que Marina llevaba diez años guardando una promesa que iba a arrastrarnos a los dos.
Siempre dormíamos en la misma cama y nos contábamos todo. Esa noche, con la copa de más, Renata me tomó la cara y me besó como nunca antes.
Me subí al carro esperando una tarde con él, pero en el asiento de atrás había alguien más, y entendí enseguida por dónde venía la cosa.
Cuando me susurró «ve, pégate a él», supe que esa noche no volveríamos solos a casa. Y una parte de mí llevaba semanas deseándolo.
Subí las escaleras todavía con el olor del hospital en la piel. La puerta entreabierta, la luz cálida, su camisón de seda. No hicieron falta palabras: ya sabía cómo terminaría la noche.
Compartía piso con dos universitarias que iban medio desnudas por casa sin ningún pudor delante de mí. Tardé semanas en entender por qué.
La había visto pasar de niño tímido a mujer despampanante. Aquella tarde de calor, con la pizza enfriándose en la mesa, fue ella quien se inclinó a besarme primero.
Yo solo quería sentir algo nuevo en la cama. Lo que no esperaba era ver a mi propio novio rendirse igual que yo frente a aquel hombre enorme.
Cuando su número apareció en la pantalla del celular, supe que la noche terminaría con los tres enredados en el sillón. Y mi esposa también lo sabía.
«Llámala», le dije. «Quiero que venga, que sienta lo que perdió y que pague por el mensaje de anoche.» Él tragó saliva y marcó su número sin pensarlo dos veces.
Subí a su piso convencido de que me esperaba la mujer más imponente que había visto. No imaginaba que la noche apenas empezaba ni quién más dormía al final del pasillo.
Le puse la venda con cuidado y le pedí que solo sintiera. No sabía que detrás de la cortina había alguien más esperando su turno.
Sebastián llegaba tarde esa noche, así que Valeria y Mateo cenaron solos. Entre el vino y el silencio, los dos confesaron algo que ninguno sabía cómo nombrar todavía.
Publiqué un anuncio buscando a dos caballeros discretos. Cuando abrí la puerta de la suite y los vi a los dos esperándome, supe que aquella noche no habría límites.
Tres meses sola con su hija y la cama fría. Cuando un mensaje le ofreció un verano lejos de todo, no imaginó que en esa casa la esperaban dos.
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
La vi dirigir la mudanza con esa voz ronca y supe que no podría sacármela de la cabeza. Lo que no imaginé fue todo lo que escondía bajo el corsé.
Creí que tenía la casa entera para mí durante cuatro días. No conté con que él tenía llaves, cámaras y una curiosidad que nunca me había confesado.
Esa tarde Damián tenía otros planes. En cuanto crucé el umbral me dio dos bofetadas y me ordenó cruzar el piso desnudo moviendo el culo.