La curiosidad que me llevó a la bodega del abuelo
En esa fiesta familiar yo era la más lanzada de mis primas, así que fui yo la que se atrevió a preguntarle a don Saúl por qué le decían «el potro».
En esa fiesta familiar yo era la más lanzada de mis primas, así que fui yo la que se atrevió a preguntarle a don Saúl por qué le decían «el potro».
Vistió encaje rojo y me miró como si hubiera estado guardando ese instante durante años. Yo también lo había esperado, sin saber que esa noche no terminaría hasta el amanecer.
Volví a casa a media mañana sin avisar y la encontré recién llegada de la playa, con la arena todavía pegada a la piel y una sonrisa que no era de hermana.
Le dije que sí porque me excitaba más que a ella. Lo que no calculé fue quedarme dormido justo cuando empezaba lo bueno.
Llevaba meses sola, con un consolador y mi imaginación. Esa noche me puse el vestido rojo, me maquillé y salí a la avenida a buscar algo de verdad.
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
Mi novio llevaba años rogándome eso que me daba terror. Le juré que sería suyo en Navidad, sin saber que un amante mayor ya me estaba preparando.
Tenía diecinueve años y me creía intocable, hasta esa madrugada en que un hombre que me doblaba la edad me demostró cuánto me equivocaba.
«Tengo el arnés en el bolso», me susurró sobre el ruido del bar. «¿Quieres dejar de fingir y comprobar si eres tan valiente como pareces?».
Esa madrugada seguí a una colega por el pasillo restringido. Lo que vi por la rendija de la puerta me dejó temblando, con la mano debajo de la falda.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Me descalzo nada más entrar, todavía con el sabor de sus órdenes en la boca. Antes de desnudarme escribo el mensaje de siempre: «Ya en casa, Amo».
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
La hice cambiar de ropa antes de llegar a la obra: quería que cada uno de sus obreros entendiera, con una sola mirada, quién mandaba de verdad ahora.
Llevaba mi pequeño secreto de metal entre las piernas mientras él daba clase, convencida de que era yo quien tenía el control. Me equivoqué en cada cálculo.
Llegó a la fortaleza envuelta en sedas, convencida de que su belleza ya había comprado una vida de lujos. No imaginaba el precio que cobraría su nuevo marido esa misma noche.
Me dijo que cerrara los ojos y confiara en él. Lo hice. Lo que vino después fue la fantasía que nunca me había atrevido a pedir en voz alta.
Llevaba meses imaginándolo en silencio. Esa noche, después de la cena, decidió que ya no quería seguir guardándoselo solo para sus sueños.
Bianca llevaba siete años acostumbrada a no sentirse deseada. Esa noche, en una cama ajena, descubrió que su cuerpo podía ser el centro de todo.