La primera vez que me entregué vestida de mujer
Me senté en la banca con el vestido más corto que tenía, esperando a un desconocido que solo me conocía por una pantalla. No sabía que esa noche dejaría de ser virgen.
Me senté en la banca con el vestido más corto que tenía, esperando a un desconocido que solo me conocía por una pantalla. No sabía que esa noche dejaría de ser virgen.
Llevaba meses fantaseando con estar con una chica trans. Esa noche, en el asiento del copiloto, ella me susurró al oído que se había dado cuenta de cómo la miraba.
Abrí la puerta a las tres de la madrugada y la encontré tambaleándose con los tacones en la mano. Ninguno de los dos imaginaba lo que esa noche iba a desatar.
Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza y le susurré al oído que esa noche iba a hacer con él exactamente lo que se me antojara.
Me pidió que no me lavara antes de ir. Pensé que sería un capricho más, pero esa noche descubrí hasta dónde podía llegar mi propia vergüenza.
—Estoy harta de ser virgen —me dijo Sofía, apoyándose en la mesada—. Y nada me importa menos que lo que opine mi hermana.
Le dije que sí sin saber si podría cumplirlo. Esa noche descubrí que mis límites eran mucho más flexibles de lo que yo creía, y que me gustaba.
Llevo años aceptando que mi prima ocupa un lugar en mi matrimonio. Esa tarde, al cerrar la puerta del apartamento, sabía exactamente lo que iban a hacer arriba.
Llevábamos meses repitiéndolo en la cama como un juego de palabras. Esa noche, cuando volví del baño, ya no era un juego: estaban besándose en mi propio sofá.
Ella lo dijo entre risas, casi como un juego: que ese amigo nuestro le gustaba. Nunca pensé que terminaríamos los tres en la misma habitación.
Cuando bajé a abrir, el hombre del pasamontañas llenaba todo el marco de la puerta. Mis padres dormían a unos metros y eso me ponía al límite.
Se maquilló, se ajustó la tanga de encaje bajo el short y bajó en el ascensor sabiendo exactamente lo que buscaba: que alguien la mirara como se mira a una presa.
Apaga el motor, baja del coche y la ve llegar empapada de sudor. Entonces la realidad se apaga y empieza la película sucia que solo él puede ver.
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.
Cuatro horas de quirófano, el pasillo desierto y un enfermero que llevaba meses mirándola. Esa noche, Valeria decidió que no quería pensar.
Le había confesado a mi madre y a mis amigos que Luca era mi novio. Lo que no esperaba era acabar la noche dentro de un dragón de parque, mientras la tormenta tapaba nuestros gemidos.
Podía haberme cambiado en treinta segundos. En vez de eso caminé hacia la puerta con los tacones marcando cada paso, sabiendo perfectamente lo que él iba a ver.
Me dijo que nunca había contado esto en voz alta, que durante años fue solo una fantasía guardada. Esa tarde, por fin, dejó que un desconocido hiciera con ella lo que quisiera.
Llamé a mi marido en plena madrugada, con restos de semen en el cuerpo y otro hombre al lado, para preguntarle si podía aceptar algo que jamás habíamos hecho.
El candado se abrió con un chasquido seco y supo, antes de salir de la jaula, que él regresaba con el olor de otra mujer pegado a la piel.