La fiesta privada donde fui al fin la mujer que soñaba
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Cuando entró al baño a dejarme una toalla limpia, supe que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era ser yo la que diera el primer paso esa noche.
Cerré los ojos, levanté el culo y esperé a oír su voz. No quería lencería ni coqueteos: solo encontrarme desnuda y lista para que cumpliera su promesa.
Compartían el mismo cuarto desde niñas y ella la espiaba dormir cada noche. Esa mañana, cuando su tía dejó caer la toalla frente al espejo, supo que ya no podría seguir fingiendo.
Llevábamos cinco días entregándonos sin tabúes, pero fue esa última mañana al borde del agua, con ella temblando entre mis brazos, cuando entendí lo que de verdad había pasado.
Llegó a casa un sábado al mediodía, se sentó frente a nosotras y, antes de hablar, respiró hondo como quien va a saltar al vacío.
Llegó a la cena creyendo que sería una velada tranquila entre amigas. No imaginaba que esa noche aprendería, en brazos de una desconocida, todo lo que su cuerpo había callado durante años.
Todavía me arde por dentro y no puedo dejar de pensar en lo que me hiciste. Te escribo esta carta porque ya no aguanto las ganas de volver a ser tuya.
Fingir ser su pareja para entrar en los bares del barrio era el plan. Nadie le avisó a Nadia que su compañero la miraría así, ni que el deseo arruinaría la coartada.
«Date la vuelta y no te voltees», me ordenó nada más entrar. No tenía idea de lo que esa transexual estaba a punto de hacerle a mi cuerpo esa noche.
No nací cortesana, me convertí en una. Primero dejé atrás el cuerpo que me apretaba como un traje ajeno; después aprendí a usar el que siempre fue mío.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.
Cada domingo, cuando ella salía, yo abría su armario y me convertía en otra persona frente al espejo. Aquella tarde olvidó las llaves y volvió antes de tiempo.
Compré una peluca rosa y un vestido que se me pegaba al cuerpo solo para verle la cara cuando abriera la puerta del hotel. No me decepcionó.
Le dije a mis padres que pasaría el día con una amiga. En realidad iba a casa de Renata, donde me esperaban una peluca, una jaula rosa y un hombre que sabía qué quería de mí.
Llevaba semanas observándola entrenar. Esa tarde la seguí hasta el vestuario sin saber qué iba a pasar, pero sabía que ella también me había estado esperando.
Al despertar en su cama, con su melena rubia sobre la almohada, supe que aquella semana en Lisboa ya no iba a terminar como la había planeado.
Llevaba un año mirando aquel juguete en el cajón sin atreverme. Esa noche, con el camisón de encaje y el candado cerrado, supe que por fin iba a dejar que me abriera entero.
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.