Lo que mi vecino me mostró por la ventana
Abrí la cortina lo justo para confirmar mi sospecha: él estaba afuera, con la mano metida en el pantalón, esperando ver algo que no debería haber visto.
Abrí la cortina lo justo para confirmar mi sospecha: él estaba afuera, con la mano metida en el pantalón, esperando ver algo que no debería haber visto.
—Marina, no te lo vas a creer: entré a hacer la habitación y había una pareja en la cama. Y yo me quedé mirando desde la puerta, sin poder moverme.
Cuando me arrodillé en la arena con el sol pegándome en la espalda, no imaginé que alguien observaba cada movimiento desde el otro lado del peñasco.
Le pedí que se pusiera el short más corto que tuviera. Quería ver cómo la miraban los obreros mientras pasaba, y cómo aguantaba ella todo el día con esa ropa.
La salsa sonaba más alta de lo normal. Me pegué a la pared, busqué el hueco entre las cortinas y lo que vi del otro lado borró para siempre la idea que tenía de mi familia.
Maximiliano me señaló el tubo plateado con un gesto y entendí que no había vuelta atrás: esa noche todo el club iba a mirarme bailar para mi novio.
«No va a pasar nada, venimos solo a mirar», dijo nerviosa al entrar. Tres horas después yo la miraba a cuatro patas, a un palmo de un desconocido.
Dos desconocidos me filmaban por debajo de la mesa mientras él me ordenaba quedarme quieta. Lo peor era que me gustaba ser el espectáculo de toda la sala.
Sabía que andaba sin sostén por la casa. Lo que no sabía era que él contaba cada vez, y que guardaba una prueba húmeda debajo de su almohada.
Sabía que mi punto débil eran las medias de nylon. Lo que no sabía es que ella lo usaría toda la noche para tenerme exactamente donde quería.
—Yo pongo las reglas, ustedes las siguen —dijo, y ninguno de los cuatro se atrevió a contradecirla. Tres meses de encierro nos habían dejado a su merced.
Las órdenes fueron claras: nada de móviles, nada de cámaras. Y un contrato que firmé sin leer del todo, porque ya sabía que esa noche dejaría de ser una persona.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Limpió mi cocina de rodillas, con un uniforme que no cubría nada, mientras yo creía estar al mando. Tardé poco en entender quién mandaba de verdad esa noche.
Le dije que cerrara la puerta y apagara las luces para una llamada importante. Lo que no esperé fue que empezara a sospechar lo que yo hacía debajo del escritorio.
Pasaste el hielo por tus labios, por tus pechos, sintiendo cómo se derretía. Y entonces giraste la cabeza y me viste entre los matorrales. No te asustaste. Sonreíste.
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
Habíamos jurado que en el playroom solo sería sexo oral. No contábamos con la mirada del hombre de al lado, ni con las manos de su mujer en mi espalda.
Bajé a mi cuarto queriendo huir del ruido. Acabé con las piernas abiertas frente al espejo, mientras todos brindaban a unos metros sin sospechar nada.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.