Ella ponía las reglas y nosotros solo obedecíamos
—Yo pongo las reglas, ustedes las siguen —dijo, y ninguno de los cuatro se atrevió a contradecirla. Tres meses de encierro nos habían dejado a su merced.
—Yo pongo las reglas, ustedes las siguen —dijo, y ninguno de los cuatro se atrevió a contradecirla. Tres meses de encierro nos habían dejado a su merced.
Las órdenes fueron claras: nada de móviles, nada de cámaras. Y un contrato que firmé sin leer del todo, porque ya sabía que esa noche dejaría de ser una persona.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Limpió mi cocina de rodillas, con un uniforme que no cubría nada, mientras yo creía estar al mando. Tardé poco en entender quién mandaba de verdad esa noche.
Le dije que cerrara la puerta y apagara las luces para una llamada importante. Lo que no esperé fue que empezara a sospechar lo que yo hacía debajo del escritorio.
Pasaste el hielo por tus labios, por tus pechos, sintiendo cómo se derretía. Y entonces giraste la cabeza y me viste entre los matorrales. No te asustaste. Sonreíste.
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
Habíamos jurado que en el playroom solo sería sexo oral. No contábamos con la mirada del hombre de al lado, ni con las manos de su mujer en mi espalda.
Bajé a mi cuarto queriendo huir del ruido. Acabé con las piernas abiertas frente al espejo, mientras todos brindaban a unos metros sin sospechar nada.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
Cuando entré, él estaba en el sillón despierto, con la cobija sobre las piernas y los ojos clavados en mí. Caminé al cuarto y dejé la puerta apenas recargada.
Las gafas oscuras nos dieron el permiso perfecto: él miraba a las chicas en topless, yo miraba a los hombres, y los dos sabíamos lo que vendría después.
Subí a buscarlo y encontré la puerta de mi cuarto entornada. Por la rendija escuché la respiración de Camila y entendí que él no había vuelto al partido por nada.
Desde su sofá vigilaba las cuatro cámaras del piso paterno como si fueran un reality show. Esa tarde, una de las pantallas le mostró algo imposible.
Tenía cinco universitarios que pagaban bien y comenzaban a faltar. La solución llegó cuando mi esposa entró al cuarto de estudio y todos olvidaron las derivadas.
La primera vez que Camila salió sin ropa interior, creí que era casualidad. Cuando bajé el vestido sobre sus caderas mientras conducía, entendí que no lo era.
Sofía pesaba noventa kilos de pura autoridad. Renata lo entendió la noche en que una carpeta vieja cambió el equilibrio de poder entre las dos para siempre.
El aire levantaba mi vestido y yo no hacía nada por evitarlo. Quería que me vieran. Necesitaba que me vieran, aunque no supiera bien por qué.
Escribí el mensaje sin saber si lo tomaría en serio. Cuando el carro arrancó sin cancelar, supe que lo había entendido perfectamente.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.