El día que mi ama me feminizó por completo
Cuando salí del baño con el plug todavía dentro y el cuerpo depilado, supe que aquel día entero le pertenecía a ella y a sus reglas.
Cuando salí del baño con el plug todavía dentro y el cuerpo depilado, supe que aquel día entero le pertenecía a ella y a sus reglas.
Cuando abrió la bolsa encontró un sujetador color burdeos y una nota: «Familiarícese con las sensaciones. Mañana empezamos en serio». No había vuelta atrás.
Hace meses que duermo solo. Pero cuando el insomnio aprieta, vuelvo a tenerla encima de mí, gimiendo mi nombre como antes de que todo se rompiera.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
Tendía la ropa de madrugada, helada y aburrida, cuando algo en el silencio del patio me encendió por dentro y ya no quise parar.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Dudé un par de segundos, pero las copas ya habían hablado por mí. Me quité el vestido, me senté en el sofá y dejé que el resto se acomodara en el suelo para mirar.
Iba a la oficina con el plug puesto y las medias bajo la ropa, soñando con lo que mi mujer me haría al volver. Esa noche, en el escenario, todo cambió.
Cuando el viejo me dijo «venite quince días y no preguntes nada», debí haberme negado. En cambio agarré el bolso y subí a la camioneta sin mirar atrás.
Subí esos escalones con el corazón a mil, sin imaginar que saldría del piso convertido en otra persona y con un nombre de mujer en los labios.
Cerró la puerta con pestillo, bajó la persiana y volvió a sentarse sin dejar de mirarme. Yo seguía de pie frente a su escritorio, decidida a no salir sin lo que vine a buscar.
Casi nunca uso bragas, y esa tarde supe por qué: lo que me esperaba en el baño no admitía demoras ni testigos. Solo yo, mis manos y todo el tiempo del mundo.
Pensé que tenía la casa entera para mí. Cuando escuché esa voz grave a mis espaldas, supe que mi secreto acababa de quedar al descubierto.
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.
Yo conocía bien el terreno con las chicas trans. Lo que nunca calculé fue que ella, con un beso y una llamada, iba a reescribir todas mis reglas en una sola noche.
Creí que esa cinta solo guardaba mi tarde a solas frente al objetivo. Cuando le di al play junto a él, descubrí que había grabado algo más después de mí.
El viernes salí del trabajo, me afeité, me perfumé y me puse el liguero bajo el chándal. Conduje hasta el quinto pino para que un extraño me tratara como lo que soy.
Pasada la medianoche me puse los tacones rojos, abrí el portón con el control y salí a caminar. Solo quería sentirme vista. No esperaba que alguien se detuviera.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Tragó la cápsula sin saber que esas veinticuatro horas le enseñarían más sobre su propio cuerpo que toda su vida anterior.