Me filmé a solas y verme me encendió otra vez
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Dudé un par de segundos, pero las copas ya habían hablado por mí. Me quité el vestido, me senté en el sofá y dejé que el resto se acomodara en el suelo para mirar.
Iba a la oficina con el plug puesto y las medias bajo la ropa, soñando con lo que mi mujer me haría al volver. Esa noche, en el escenario, todo cambió.
Cuando el viejo me dijo «venite quince días y no preguntes nada», debí haberme negado. En cambio agarré el bolso y subí a la camioneta sin mirar atrás.
Subí esos escalones con el corazón a mil, sin imaginar que saldría del piso convertido en otra persona y con un nombre de mujer en los labios.
Cerró la puerta con pestillo, bajó la persiana y volvió a sentarse sin dejar de mirarme. Yo seguía de pie frente a su escritorio, decidida a no salir sin lo que vine a buscar.
Casi nunca uso bragas, y esa tarde supe por qué: lo que me esperaba en el baño no admitía demoras ni testigos. Solo yo, mis manos y todo el tiempo del mundo.
Pensé que tenía la casa entera para mí. Cuando escuché esa voz grave a mis espaldas, supe que mi secreto acababa de quedar al descubierto.
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.
Yo conocía bien el terreno con las chicas trans. Lo que nunca calculé fue que ella, con un beso y una llamada, iba a reescribir todas mis reglas en una sola noche.
Creí que esa cinta solo guardaba mi tarde a solas frente al objetivo. Cuando le di al play junto a él, descubrí que había grabado algo más después de mí.
El viernes salí del trabajo, me afeité, me perfumé y me puse el liguero bajo el chándal. Conduje hasta el quinto pino para que un extraño me tratara como lo que soy.
Pasada la medianoche me puse los tacones rojos, abrí el portón con el control y salí a caminar. Solo quería sentirme vista. No esperaba que alguien se detuviera.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Tragó la cápsula sin saber que esas veinticuatro horas le enseñarían más sobre su propio cuerpo que toda su vida anterior.
Cada mensaje que abro en pantalla es una caricia que nadie ve. Finjo trabajar mientras por dentro ardo, esperando el momento de llegar a casa y dejarme caer.
Llevaba meses preparándome para Adrián, pero fue otro hombre quien me enseñó esa noche lo que significaba entregarse de verdad.
Su esposa lo había dejado ante todos esa misma tarde. Ahora, pasada la medianoche, un piloto al que jamás había visto sonreía en su sala y servía vodka como si conociera la casa.
La primera vez apenas dolió; esta vez yo me subí encima y marqué el ritmo, decidida a demostrarle todo lo que había aprendido a sentir.
Subí las fotos bajo otro nombre, segura de que nadie en esa residencia sabría que era yo. Media hora después, alguien golpeó mi puerta y dijo el nombre falso.