Descalzo y sumiso ante la mujer que me dominó
Bastó que ella mirara mis pies desnudos sobre las baldosas frías para entender, antes que yo, en qué clase de hombre podía convertirme si me lo ordenaba.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Bastó que ella mirara mis pies desnudos sobre las baldosas frías para entender, antes que yo, en qué clase de hombre podía convertirme si me lo ordenaba.
Bajé al baño con una urgencia simple y la encontré a ella, enjabonada y sonriendo, sabiendo de antemano la orden que estaba a punto de darle.
Cada vez que su hermana se daba la vuelta, ella se quitaba las sandalias y dejaba sus pies a la vista, sabiendo lo que me hacía y disfrutando cada segundo de mi tortura.
Se quitó el zapato dentro del auto, deslizó el pie hasta mi entrepierna y susurró: «¿Tu primera vez va a ser obedeciéndome? Mejor para los dos».
Desperté atado al banco de cuero, desnudo y amordazado, y entendí que la sesión no era para curarme: era para que ellas se divirtieran conmigo.
A la una de la madrugada se quitó los tacones para provocar, como siempre. No sabía que esa noche alguien iba a convertir su capricho en una orden.
Llevaba semanas admirando sus pies desde la última fila. El día que se quitó las sandalias y me clavó la mirada, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegó del entrenamiento con el uniforme todavía puesto, me miró desde arriba y entendí que esa tarde algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
Me costó tres meses de paciencia llegar hasta el sofá de Mariana, quitarle las zapatillas despacio y descubrir si de verdad le importaba que yo no pudiera dejar de mirar sus pies.
Le dije que me gustaban sus pies y se rió. No imaginaba que esa tarde, mientras cuidaba a sus sobrinas, yo estaría de rodillas frente a su cama con sus zapatillas en las manos.
Aprendí a contar las horas hasta que se dormía. Solo entonces, en la oscuridad de la litera, sus sandalias eran mías y nadie podía ver lo que hacía con ellas.
Llegué a su casa por un trabajo del colegio y la encontré en hawaianas. A partir de ese momento ya no pude mirarla a los ojos sin pensar en sus pies.
Llevaba años fingiendo que no miraba sus pies. Esa noche, descalza sobre la cama, me ordenó arrodillarme y supe que ya no habría vuelta atrás.
Le di la espalda a la cámara, moví las caderas despacio y esperé. Solo quería que un extraño me ordenara qué hacer con mi propio cuerpo.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
Eran las doce en punto cuando crucé el patio descalzo. Sus ojotas rosadas seguían ahí, tibias, con la marca de cada uno de sus dedos esperándome en la oscuridad.
Entré al posgrado sin conocer a nadie. Bastó que ella cruzara las piernas y se quitara una sandalia para que yo dejara de prestar atención a todo lo demás.
En cuanto la reunión se relaja y nadie mira, me escabullo al baño. Sé exactamente qué voy a encontrar en el cesto, y sé perfectamente lo que voy a hacer con ello.
Hacía dos semanas que nadie me usaba como yo necesitaba, así que me puse el vestido más fácil de quitar y bajé al único sitio donde sabía que jamás me dirían que no.
Cuando salió del dormitorio enfundada en aquel látex negro, con la coleta tirante y los tacones altos, supe que esa noche no íbamos a dormir temprano.