El padre de mi jefe me trató como su sumisa
Solo iba a tocarlo un instante, por lástima. No imaginé que ese viejo de manos enormes terminaría dándome órdenes mientras yo obedecía sin resistir.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Solo iba a tocarlo un instante, por lástima. No imaginé que ese viejo de manos enormes terminaría dándome órdenes mientras yo obedecía sin resistir.
Llevaba años exhibiéndome en la ventana sin que nadie importara, hasta la noche en que crucé la calle descalza para arrodillarme frente al único hombre que se atrevió a mirarme de verdad.
Me ofreció el doble de sueldo que cualquier otro. Lo que no figuraba en el contrato era todo lo que su mano apretándome el hombro me estaba exigiendo.
Cuando se miró al espejo ya no se reconoció: peluca rubia, corsé rojo, tacones. Y ella, fumando en el sofá, lo esperaba con una sonrisa que jamás le había visto.
Mucha gente me pregunta de dónde viene mi fetiche por los guantes de goma. Casi nadie conoce la respuesta. Empezó un viernes, en la habitación de mi tía, con la puerta cerrada con llave.
La tienda quedó vacía de golpe, y al asomarse a los probadores Diego no imaginó que esa tarde alguien lo observaría a él mientras él miraba sin permiso.
Llevaba tres meses cuidando ese trabajo como oro. Esa mañana, sola con él antes de abrir, descubrí cuánto me gustaba que alguien me dijera qué hacer.
Le había escrito que sería mi primera vez sometido. No imaginé que el primer gesto al abrir la puerta sería una bofetada y la orden de arrodillarme.
No te dejé levantar la cara hasta que entendiste que, mientras estés detrás de mí, tu boca y tu nariz me pertenecen y harás con ellas lo que yo ordene.
Cada paso hacía sonar el metal escondido bajo su falda. Vera había aprendido a vivir mojada, al borde, esperando la próxima aguja que él hundiría en su carne.
Sabía que iba a perder antes de empezar. Pero rendirse de entrada no le daba nada: el placer estaba en resistir, en obligar al otro a arrancarle la victoria a mordiscos bajo la luna llena.
Cuando cerramos la puerta del dormitorio, dejamos de ser la pareja correcta que todos conocen. Ahí dentro no hay límites, solo los que ponemos para romperlos.
El recepcionista me entregó un paquete sin remitente. Adentro, un plug de metal y una nota con su letra: «Para nuestra cita, quiero que lo lleves puesto».
Me dijo que esa espera no se pagaba con plata. Y yo, en lugar de bajarme del taxi, me quedé a averiguar con qué quería que se la pagara.
Olió la flor que no debería existir y su cuerpo dejó de obedecerle. Entre los árboles, alguien la observaba y esperaba el instante exacto para acercarse a ella.
Llevábamos dos semanas sin tocarnos. Esa tarde, con la casa por fin vacía, descubrí que el olor de su cuerpo dormido podía convertirme en otra mujer.
Nunca me atrajo, pero cada mensaje suyo me dejaba más caliente que el anterior. Y esa noche, con mi marido a unos metros, dejé de resistirme.
Encontré sus bragas dobladas sobre el último escalón, todavía tibias, y supe que no era un olvido: era una orden que yo debía obedecer de rodillas.
Cuando me dio la espalda para sacar las fotocopias, su mano subió por mis medias como si tuviera derecho a hacerlo. Y yo no dije que no.
La noche que lo esperé con la blusa entreabierta, supe que ya no era la misma mujer: me había rehecho entera para encender el deseo de un solo hombre.