Mi sumisa me esperaba con tacones y nada más
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
Apenas llevábamos dos semanas casados cuando descubrí de lo que era capaz su carácter, y la primera bofetada fue solo el comienzo de aquella tarde.
Me ordenó ponerme a cuatro patas en la trastienda y, mientras sus dedos me exploraban, entendí que acababa de descubrir algo que yo llevaba años escondiendo.
La llamó «nena» con la misma voz de hacía veinte años, y Helena supo que el cheque de despido jamás saldría de aquel cajón. La deuda iba a cobrarse con su cuerpo.
Siempre fui la chica que seguía las reglas, hasta que él me ordenó arrodillarme y entendí que mi cuerpo llevaba años esperando que alguien le diera permiso.
Me ordenó esperarla en el compartimento, desnuda y con la regla sobre el regazo. Sabía que vendría; lo que no sabía era cuánto tardaría en hacerme sufrir.
Tenía la máscara puesta y la orden de no moverse. Sabía que esta vez no habría ternura, solo la lección que ella misma había buscado durante días.
La primera vez que entré a su despacho creí que iba a negociar un préstamo. Salí con sus instrucciones grabadas en la piel y la certeza de que ya no mandaba sobre mi propio deseo.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.
Solo quería olerlo un segundo. Cuando escuché su voz a mi espalda supe que esa noche dejaba de decidir cuándo, cómo y cuánto.
El taxi avanzaba a oscuras cuando Lena sacó el pañuelo y le cubrió los ojos. Bruna confió en su mejor amiga sin imaginar adónde la llevaba esa noche.
«Si te quedas, dejas de ser la estudiante perfecta», me dijo sin tocarme todavía. Miré la puerta cerrada con llave. Mis piernas no se movieron.
La toalla se deslizó durante el masaje y, sin querer, me quedé mirando. Él lo notó. Y desde ese segundo dejé de ser yo para convertirme en algo suyo.
«Quítate la ropa», dijo sin levantar la voz. Y él, después de quince años juntos, supo que el fin de semana entero le pertenecía a ella.
Llevaba semanas observándola tras el mostrador de la clínica. La noche en que su vida se derrumbó, la invité a subir a mi apartamento y le ofrecí lo único que no podía rechazar.
Nunca tuve el valor de exponerme. Hasta hoy. Mañana iré a clase desnuda bajo la ropa, y dejarlo escrito aquí ya se siente como su primera orden.
Aceptó el techo, la comida y la libertad de salir con quien quisiera. Lo que no leyó bien fue la cláusula de las nueve de la noche, cuando dejaba de ser libre.
Esa mañana decidí llevarle yo misma el café a su despacho, delante de todos, para que entendieran qué mujer pensaba ser a su lado.
Creía que solo iba a divertirme y ganar algo de dinero. No imaginé que aquella noche, entre golpes y caricias, encontraría justo lo que mi cuerpo pedía a gritos.
Podían haber pedido un taxi y volver a casa. En lugar de eso, Raquel se ajustó la camiseta del taller y esperó, descalza, a que el dueño volviera a reclamarlas.