Mi primera comida con el ama y su neceser secreto
En el baño me esperaba un neceser con una nota: «ponte todo y enciéndelo». A partir de ese instante dejé de decidir sobre mi propio cuerpo.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
En el baño me esperaba un neceser con una nota: «ponte todo y enciéndelo». A partir de ese instante dejé de decidir sobre mi propio cuerpo.
Llevaba dos años imaginando este día. No sabía que un cincuentón trajeado, con la mirada clavada en la mía, decidiría por mí cómo iba a ser mi primera vez.
Salí de casa con el tanga doblado en el bolsillo y tres frases que no elegí escritas sobre mi piel. Cada hora de clase me acercaba más al borde, sin permiso para terminar.
Esta mañana, mientras esperaba el café, volví a verme de rodillas sobre el piso recién lustrado, con las piernas dormidas y la mirada baja, aguardando una sola orden suya.
Entré pensando que era el dueño de todo. Marisol, de rodillas y con sus guantes amarillos, ya había decidido que esa noche el dueño sería ella.
Me arrastraron a la sala de examen por no respetar las reglas. No sabían que era justo lo que yo quería: que alguien por fin decidiera por mí.
Llevaba días sin saber de ella, soñando con sus órdenes. Esa tarde crucé una puerta que no debía y descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Me corrí tres veces sobre el banco del vestuario antes de entender que mi ascenso ya no dependía de mis goles, sino de cuánto aguantara de rodillas.
Bajó del coche con la chaqueta entreabierta y supe que esa noche no iba a contenerme. Ella había dicho que no debíamos; yo ya había decidido lo contrario.
Llevaba años fregando casas ajenas con una sonrisa amable, pero esa tarde, de rodillas sobre el mármol, descubrió cuánto necesitaba que la trataran como un objeto.
«Vengo a ver si mi mujer trabaja bien», dijo el hombre en mi puerta. Una hora después yo estaba de rodillas en mi propia cocina, con su delantal puesto.
Me dieron a elegir entre tres años de cárcel o convertirme en el perro sumiso de mi mujer. Elegí mal, y esa noche en El Reservado lo entendí del todo.
Llegué a la granja con mis camisetas de marca y mis aires de ciudad. Ellas tenían las manos curtidas, un cuchillo afilado y muchas ganas de bajarme los humos.
Crucé la puerta de casa siguiendo una música solemne y la encontré tendida en la cama, encadenada de oro y mirándome como si yo fuera su único dueño.
Solo iba a aconsejarlo sobre un delantal. No imaginó que, frente al vendedor, él la señalaría a ella como si fuera la sirvienta que venían a vestir.
Bastó una sonrisa y un par de tacos de billar para que ella le diera vuelta el mundo. Ahora lleva delantal de encaje y espera, temblando, a que suene el timbre.
Con los ojos vendados y las pinzas tirando de mi pecho, dejé de ser la directora que no se arrodilla ante nadie. Allí arriba solo era un número entregado a sus manos.
Subí al coche con cada prenda elegida por él y supe que esa tarde mi único trabajo sería obedecer mientras la gente pasaba sin sospechar nada.
Abrí los ojos y no reconocí la habitación: solo el peso de unas manos sobre mi piel y la certeza de que esa mañana pertenecía a otros.
Abrí la puerta equivocada y la encontré frente al espejo, con dos dedos donde no debían estar. No gritó. Sonrió como quien acaba de elegir su presa.