La sumisa que no conocía límites en la trastienda
Esa tarde cruzó la cortina de la trastienda sabiendo que iba a cumplir cada orden, por degradante que fuera, sin que nadie la obligara a hacerlo.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Esa tarde cruzó la cortina de la trastienda sabiendo que iba a cumplir cada orden, por degradante que fuera, sin que nadie la obligara a hacerlo.
Sabía que aquellos dos hombres la despreciarían en cuanto cruzara la puerta, y eso era justo lo que la hacía volver una y otra vez a por más.
No tuve que leer su nombre para saber que esos pantalones verdes que describía con tanto detalle eran los míos. Y supe, en ese instante, que iba a hacerlo suplicar.
La echaron de la mansión por pedir demasiado. Caminando perdida en la noche, el hedor de un camión de basura le hizo sonreír: por fin alguien hablaría su idioma.
Bajó las escaleras de aquella consulta sabiendo que no saldría siendo la misma mujer: tres pares de manos la esperaban para recordarle lo que de verdad era.
Nunca había pagado por algo así. Quedamos un martes por la mañana, ella me dio la bolsa de prisa y yo no pude dejar de pensar en lo que me esperaba en casa.
Contamos hasta tres y nos quitamos el bañador delante de todos. Lo que no sabía era que ella había guardado una llave en su collar para el resto del día.
Centella me sujetó contra la pared de la cabina, sus pechos contra mi cara, y susurró que aprendiera a quedarme quieta y a obedecer cada orden.
La puerta se abrió y entendí que esa noche yo no decidía nada. Ella esperaba atada al cabecero; él, de pie en la penumbra, solo me miró y asintió.
Creí que iba a pasar una tarde tranquila en el chalé de Renata. No imaginé que terminaría conteniendo la respiración mientras ella le daba órdenes a Ximena.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.
Me ordenó quitarme la ropa y dejé que sus manos ajustaran cada cable contra mi piel. Cuando empecé a mojarme, supe que ya no había vuelta atrás.
Ella levantó la falda, me miró fija y dijo que no me diera vergüenza, que todos lo hacíamos. Ahí supe que esa noche no se parecería a ninguna otra.
Cuando me bajé los leggings frente a él, supe por su mirada que haría exactamente lo que yo le pidiera, por más sucio que fuera.
Él decidía cuándo me desnudaba, cuándo me ataba y delante de quién. Yo solo tenía que obedecer, y descubrí que obedecer me encendía más de lo que jamás admití.
Le ordené que se quedara de rodillas y no se moviera. Lo que vino después le enseñó que, conmigo, obedecer no es una opción: es la única regla que existe.
Aguanté toda la tarde pensando en el momento exacto en que cruzaría la puerta de esa habitación y él entendería, otra vez, para qué estaba ahí.
Entró al dormitorio y encontró los cajones vacíos de encaje y llenos de ropa de hombre. Esa noche supo que ya no decidía nada por sí misma.
Llevaba años persiguiendo este momento en aeropuertos y trenes, pero nunca imaginé que una desconocida me dejaría adorar sus pies descalzos en pleno vuelo.
Sentí sus pies descalzos sobre mi hombro en plena oscuridad. Entonces una voz me preguntó si me gustaba cómo olían sus calcetines, y solo supe responder que sí.