Mi nueva compañera de piso llegó con su marido
Le advertí entre dientes, en la cocina, que pagaría su engaño. No imaginé que terminaría arrodillada en mi cuarto, suplicándome como nunca le suplicó a él.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Le advertí entre dientes, en la cocina, que pagaría su engaño. No imaginé que terminaría arrodillada en mi cuarto, suplicándome como nunca le suplicó a él.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
Volví de la cocina desnudo, con el trapo en la mano, y supe que aquella noche no iba a quedar nada de mi orgullo sobre el mármol negro de su salón.
Sabía que mis padres eran dominantes. Lo que no sabía era hasta dónde estarían dispuestos a llegar para darme el regalo que les pedí esa mañana.
El agua caliente me recorrió la espalda y, por primera vez en aquel encierro, sentí sus manos callosas como una caricia. No abrí los ojos. Se lo había prometido.
La maleta de Unai ya estaba hecha, pero antes de cruzar el océano quedaba una última noche: cuatro cuerpos, dos correas y una despedida que ninguno olvidaría jamás.
Llevaba un año buscando a alguien dispuesta a tomarme por completo. El correo de aquella desconocida lo cambió todo: no quería jugar conmigo, quería quedarse con mi vida entera.
Llamó a la puerta esperando una revisión rutinaria. Le abrió una desconocida con bata y una sonrisa que prometía problemas, y supo que esa tarde no mandaría él.
Las dejó junto al felpudo, todavía tibias por sus pies descalzos. Bastó con que mi hija se distrajera un instante para que yo cometiera la locura.
—Esta noche no me sirves con las manos —dijo, subiéndose la falda mientras yo seguía de rodillas, esperando la única orden que de verdad importaba.
Sus pies sobre el borde de mi sillón fueron solo el principio. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacerla.
Soy una patricia acostumbrada a comprar todo lo que deseo. Esa tarde descubrí que hay hombres a los que no se les ordena: se les obedece.
Le dijo a su abuelo que ya se marchaba, pero ni siquiera salió del edificio: Sonia la esperaba al final del pasillo con cinco viejos sin lavar y una promesa que la hacía temblar.
Llevaba años robándole las chanclas para esconderme con ellas. La tarde en que me descubrió subida a una escalera, supo exactamente cómo usar mi secreto.
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.
Bastó que ella me encontrara de rodillas junto a su cama para que la amistad se rompiera y empezara otra cosa: obedecer cada uno de sus caprichos sin rechistar.
La primera vez que me ordenó pintarme las uñas de los pies, mis manos temblaban. No por miedo: por las ganas de obedecerle.
Llevaba años guardando ese secreto. Bastó una botella de vodka y una vieja chancleta blanca para que ella tomara el control y me pusiera de rodillas.
Cuando me agarró del brazo a la salida, entendí que no buscaba una disculpa. Buscaba un esclavo, y yo ya estaba de rodillas antes de que lo pidiera.
Le dije que se trajera los modelitos más exagerados que tuviera. Quería pasearla por la ciudad y, al volver al hotel, perderme entre sus pies durante horas.