La guardia rubia y su esclavo de rodillas
No le daban agua en un vaso. Se la vertían sobre el pie, y él tenía que lamerla de las tiras de cuero si quería sobrevivir.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
No le daban agua en un vaso. Se la vertían sobre el pie, y él tenía que lamerla de las tiras de cuero si quería sobrevivir.
Me ataron en el parque a plena luz del día y nadie pasó a ayudarme. Lo habían planeado bien, mucho mejor que yo.
Mi marido tenía un plan: llevarme a una tienda y dejar que el vendedor me pusiera las manos encima. Solo había una regla: él fingiría no ver nada.
Cuando la doctora cerró la puerta con llave, entendí que esa consulta no iba a ser como ninguna otra. Nunca lo fue.
La sala privada estaba impecable, y yo arrodillada en el centro, esperando. Ocho hombres entraron en silencio. Entonces entendí lo que significaba rendirse de verdad.
El cartel prometía resultados garantizados. No decía que incluirían ataduras, descargas y un año encerrada sin poder salir. Firmé de todos modos.
Cuando el Amo le dijo que saldrían ese día, algo en el pecho de Luna se apretó. No de miedo, sino de esa anticipación que solo ella conocía.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.
La voz al teléfono dijo que tenía doce horas para presentarme. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Lo que encontré en aquel almacén cambió todo lo que creía saber.
Pensé que seguía manejando el juego hasta que sus manos me sujetaron la cadera y entendí que ya no había vuelta atrás.
Llevábamos cuatro años intercambiando miradas en ese bar. Ella con sus gafas, yo sin saber qué hacer con todo lo que sentía cada vez que me servía.
La llave de mi jaula colgaba entre los pechos de mi esposa, a la vista de sus tres amigas, cuando ella sonrió y anunció que yo haría cualquier cosa esa noche.
Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.
Llevaba casi una hora arrodillada viéndola elegir vestido. Cuando por fin se giró hacia mí con esa sonrisa, supe que la espera había terminado.
No supe quiénes eran ni cuántos. No podía verlos ni tocarlos. Solo sentirlos. Y eso era exactamente lo que Rodrigo había planeado desde que se lo conté.
Cuando entré al departamento, las luces estaban apagadas y sobre la cama me esperaba un atuendo de látex en mi talla exacta. Damián sonrió desde la puerta.
Le dije que confiaba en él con los ojos cerrados. No sabía que esa frase la tomaría tan literal esa noche de sábado, con tres desconocidos en su cuarto.
Llevo años siendo la fiera en la cama. Los hombres me temen o me complacen. Nadie me había atado. Nadie hasta que le di mi correo a aquel desconocido del chat.
La escena de la serie duró diez segundos. Suficientes para que ella entendiera todo lo que yo llevaba meses sin poder decirle.