Mi prima me descubrió espiando y tomó el control
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Bajé al jardín a oscuras sin saber que esta vez ella no me dejaría solo con su ropa interior: tenía algo de su madre guardado para mí.
Llevaba algo escondido en la mano y esa sonrisa no presagiaba nada inocente. —Saca la lengua —me ordenó, y yo ya sabía que iba a obedecer.
Cada noche me pedía algo nuevo a través de las rejas de su ventana, y yo era incapaz de decirle que no, aunque eso significara hurgar en el cesto de la ropa sucia de mi propia madre.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.
Durante años fantaseé con servir a una mujer que me quisiera a sus pies. Renata no fingía dominar: lo hacía con una calma que me dejaba sin aire.
Carla apareció descalza entre las sombras del jardín, con esa cara de niña buena que escondía a la chica más perversa que yo había conocido.
Subió los pies a mis piernas, me ordenó desabrochar las cintas de sus sandalias y, con una sonrisa que no era inocente, me dijo que ese sería el precio de su silencio.
Siempre creí que no había nada más sucio que unos pies. Esa noche, descalza y nerviosa en la cama de mi amiga, descubrí lo equivocada que estaba.
Le ofrecí revisarle el tobillo como médico. Ella cruzó la pierna, acercó el pie a mi cara y supe, en ese instante, quién mandaba de verdad.
Nadie en la oficina imaginaba lo que escondían mis botas aquella mañana de lluvia, ni por qué no quise quitármelas en todo el día.
Recostada en el borde de la cama, con las medias negras subiendo por mis piernas, le advertí que esa noche no usaría las manos: lo desharía solo con mis pies.
Su tanga olía a todo el día y no me resistí: subí a la cama dispuesto a probarla mientras dormía, sin saber que ella llevaba un rato esperándome despierta.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.
Lo vigilé desde antes de su falta. Dijo que yo era demasiado perfecta para caminar entre el barro, sin saber que esa frase lo condenaba a no salir nunca de él.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
Sabía lo que habían pactado, pero ninguna palabra la preparó para lo que sentiría cuando cruzó esa puerta y la sala se cerró detrás de ella.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
Crucé el umbral sin ropa interior, tal como ella había ordenado. Lo que no sabía era que, al otro lado de la puerta, me esperaba un rostro que conocía demasiado bien.
Cuando crucé la puerta y la vi de pie en mitad de la sala, supe que la lección de esa noche no la olvidaría jamás: había vuelto, y eso lo cambiaba todo.