Mi juguete favorito encontró novia y no lo permití
Volvió a bloquearme de todo y reapareció con una novia «decente». Craso error: nadie le quita su juguete a una mujer como yo sin pagarlo caro.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Volvió a bloquearme de todo y reapareció con una novia «decente». Craso error: nadie le quita su juguete a una mujer como yo sin pagarlo caro.
Se quedó dormida frente al televisor y yo sabía que no debía acercarme. Pero sus pies descalzos sobre el sofá eran una invitación que llevaba meses esperando.
Esa noche, mientras conducía de vuelta a casa, supe que detrás de su sonrisa pícara había una idea nueva. Y que no iba a poder sacármela de la cabeza.
Llevaba una semana mandándole fotos para volverlo loco. Cuando volvió, descubrí que el castigo por mi impaciencia sería arrodillarme y esperar con la lengua afuera.
Cuando encontré uno de sus zapatos olvidado en el vestuario, debí haberlo dejado donde estaba. En cambio crucé media ciudad para devolvérselo, y todo se torció.
Durante años acepté por complacer y luego corría al baño a escupir. Con él descubrí que la barrera que más me costaba derribar era también la que más placer escondía.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
Le tapé los ojos un segundo, lo justo para encender la grabadora detrás de la almohada. Él nunca supo que esa noche quedó atrapado para siempre en una cinta roja.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Le grité que la reja estaba abierta para que entrara con las dos manos ocupadas. Lo que no anticipó fue la bombita que le esperaba justo al cruzar el umbral.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Entré a su cuarto solo para hablar y terminé descubriendo algo que despertó cada hormona de mi cuerpo. Cuando él me atrapó, ya no hubo forma de fingir que no lo deseaba.
Llevábamos semanas buscando público en Telegram sin suerte. Esa noche, en un pinar a oscuras, alguien aparcó al lado y se quedó mirando lo que mi novia me pedía hacerle.
La conocí con veinte años y la deseé en silencio más de una década. Cuando volvió a aparecer, supe que esta vez no me conformaría solo con mirarla.
Nunca había tocado una panza así sin el guante y la bata de por medio. Esta vez era la de Marisol, su cuñada, y no pudo fingir que solo buscaba las patadas de los gemelos.
Faltaban días para el parto y yo solo pensaba en una cosa. Cuando la contracción me dobló de dolor, le pedí a Rocío que metiera la mano bajo la sábana.
Bajé al embalse a huir del calor y terminé tumbado en la orilla, incapaz de moverme, mientras los dedos de una desconocida decidían a qué ritmo me rendía.
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Adrián me indicaba cuántas tomar y en qué orden, y yo obedecía sin preguntar. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llevar el control sobre mi cuerpo.