La hechicera que doblegó al héroe en su trono
Cruzó murallas que nadie había vencido para clavarle la espada. Ella solo chasqueó los dedos, y el héroe descubrió quién mandaba de verdad en aquel trono.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cruzó murallas que nadie había vencido para clavarle la espada. Ella solo chasqueó los dedos, y el héroe descubrió quién mandaba de verdad en aquel trono.
Conduje hasta una cueva perdida para encadenarme yo misma todo el fin de semana. Lo que no calculé fue que alguien encontraría las llaves antes que yo.
Vino a mi sala creyendo que ningún juego de dominación podría con él. Le di una palabra de seguridad y le advertí que iba a suplicar usarla.
Llevaba años exhibiéndose impune ante las corredoras del parque. La noche que eligió a la mujer equivocada descubrió hasta dónde llega un castigo.
Entró al bar buscando compañía barata. Salió de rodillas en un callejón, descubriendo que el placer y la humillación podían ser la misma cosa.
Creyó que esa noche mandaría él. En cuanto cruzó la puerta, las cuerdas ya estaban listas y sus sonrisas no tenían nada de inocentes.
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
Llevaba toda la noche esperándola, atado a la cama de aquella casa, sabiendo que el domingo ella regresaría a terminar lo que habíamos empezado.
La profesora pasó un dedo por su escote y le susurró al oído que abriera las piernas. Nerea obedeció antes de entender que ya no había marcha atrás.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Le regalamos lencería roja y la promesa de una noche sin reglas. Esa misma madrugada, entre cuerpos extraños, mi tímida Camila dejó de pedir permiso.
Cuando sonó el disparo del Mariscal, supe que esa sería nuestra última noche. Lo que no imaginé fue en qué se convertiría la fiesta al apagarse las luces.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
«Normalmente ahora tendrías que arrodillarte y esperar en silencio», me dijo mientras me ajustaba el collar. No sabía que sería yo quien terminaría mandando.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Llevábamos meses metidos en el ambiente, pero esa noche, entre la mazmorra y el club, descubrí hasta dónde era capaz de llegar mi mujer cuando se soltaba del todo.
Esa noche me arrodillé mientras otro hombre poseía a mi esposa sobre la mesa. Él se creía el dueño; ninguno de los dos sospechaba lo que en verdad pasaba entre nosotros.
Cuando entró en aquel club oculto tras una librería de teología, Marlene supo que la libertad de su marido se pagaría con cada prenda que dejara caer ante el juez.
La tenía catalogada como inaccesible: la directora altiva que paralizaba mi hipoteca. Hasta que la vi entrar al club del brazo de su marido, dispuesta a todo.