La sesión bdsm después de una noche salvaje
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.
Cuando se agachó a mear delante de mí en mitad del bosque, entendí que aquella expedición no iba a parecerse a ninguna otra.
La primera vez que cerré el candado de su jaula, ella tembló de rabia... y se corrió solo con oír cómo giraba la llave.
No tuve que decírselo; cuando levanté el mentón, él ya sabía que esa noche quería sus golpes, su saliva y su polla hasta el fondo.
Al principio era un juego entre tres, hasta que una noche él dejó de irse y yo entendí que en mi propia casa ya no mandaba nada.
La seguí por instinto, lo vi apretar el paso con la chica y supe que no iba a dejarlo salir entero de aquel callejón.
Pensé que solo íbamos a terminar un trabajo, pero cuando me besó descalza sobre la hierba entendí que me estaba llevando justo donde ella quería.
La nota sobre la almohada no dejaba dudas: alguien la observaba, conocía sus secretos y pensaba convertir su miedo en obediencia.
Él la hizo mirar, obedecer y abrirse para más, y ella descubrió que el morbo la excitaba tanto como la polla en el culo.
Todo empezó con una orden sencilla por la mañana y terminó con mi cuerpo temblando, abierto y obediente, sin saber si me dejaría correrme.
Me llevaron a la oficina con un collar al cuello, y cuando vi a los hombres alrededor de la mesa entendí exactamente para qué me habían preparado.
Mi esposa me ordenó calentar el salón, abrir la puerta y escuchar cómo otro hombre la usaba mientras yo obedecía en silencio.
Empezó con unas medias escondidas bajo el pantalón y terminó de rodillas, obedeciendo mientras me vestían para usarme.
Cuando cerró el aula y me sonrió como si ya supiera lo que iba a hacer, entendí demasiado tarde que el juego no lo iba a controlar yo.
Cuando vi sus sandalias sobre la cama supe que algo había cambiado, pero no imaginé que esa noche terminaría respirando pegado a sus plantas.
Abrí la puerta medio desnuda, con dos juguetes aún tibios en el salón, y tres desconocidos entraron oliendo mi calentura antes de que yo dijera una palabra.
Entramos temblando al cuarto privado del sexshop, pero nadie imaginó hasta dónde iba a llevarnos aquella mujer.
Cuando sacó aquel plug rosa de su cajón, entendí que mi curiosidad por el dolor iba a cruzar una línea que no podría olvidar.
Me puse las botas solo para el frío, pero en cuanto sentí el plástico apretándome las piernas supe que iba a acabar mojándolas por dentro otra vez.
Después de un error mínimo, su castigo no terminó en lágrimas, sino en una ducha donde la obediencia se volvió hambre pura.