La travesti que aceptó ser su sirvienta sumisa
Bajé la cabeza y solo supe responder «sí, señora». Esa noche dejé de ser una invitada para convertirme en algo que las dos podían usar a su antojo.
Bajé la cabeza y solo supe responder «sí, señora». Esa noche dejé de ser una invitada para convertirme en algo que las dos podían usar a su antojo.
Acepté pedalear cien kilómetros para complacerlo. Lo que no esperaba era el bote de cayena que me esperaba esa noche en el lavabo del hotel.
Me escribió temblando la noche antes: «no sé si subir a ese avión». A la mañana siguiente apareció en la terminal, con la mochila al hombro y la mirada de quien había decidido obedecer.
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.
Llevaba media tarde recordando aquel viaje al norte cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie. Lo último que imaginé fue lo que ese desconocido haría conmigo.
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
Atada bajo las luces y con su mirada clavada en mi nuca, entendí que esta noche el verdadero espectáculo era él: obligado a ver todo lo que se negó a darme.
No tenía que pensarlo. En cuanto escuché su voz al otro lado de la línea, ya estaba buscando las llaves del coche con las manos temblando.
Bruno llevaba horas tirado en el suelo de aquella habitación, agotado, cuando la puerta volvió a abrirse y supo que la noche aún no pensaba soltarlo.
Arrodillada sobre sus talones, sin más adorno que el collar de su dueña, Lirea temblaba cada vez que la cámara se abría para dejar pasar a algo que ningún mortal debería desear.
Cada mañana entraba al edificio sabiendo que entre sus manos estaba el destino de cada hombre que cruzaba esa puerta. Y le encantaba.
La conocía del trabajo: brillante, arrogante, imposible de aguantar. Lo que no imaginaba era encontrármela desnuda, de rodillas y vendada, esperando órdenes.
Nunca sé en qué postura voy a terminar cuando entro a su cuarto de cuerdas. Hoy había un punto de suspensión listo, y yo solo llevaba unas bragas que él pensaba destrozar.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Hugo pensaba que la tenía en el bote. No sospechaba que cada sonrisa de ella era parte de una trampa que llevaba años queriendo cerrar.
Sus tacones retumbaban por toda la planta y todos creían que las órdenes las daba yo. Solo ella sabía lo que pasaba cuando cerraba la puerta de mi despacho.
Despertó en el hospital con los testículos hinchados y una enfermera que sonreía demasiado. Esa sonrisa terminaría dictando el resto de su vida.
Estacioné el coche con el pulso desbocado y el vaquero ya manchado. Sabía que al cruzar esa puerta dejaría de ser una persona para convertirme en su juguete.
Le pedí que respetara lo pactado y, mientras la cuerda me sostenía las muñecas, recé en silencio para que no me hiciera caso. No me lo hizo.
Llegaba puntual, con un bolso color sangre y los labios pintados de carmesí. Antes de mirarte siquiera, ya había decidido cuánto ibas a sufrir.