El botón que controlaba a mi sumisa a distancia
No le até las manos para inmovilizarla. Se las até para que entendiera, antes de que pasara nada, que esa noche su cuerpo había dejado de ser suyo.
No le até las manos para inmovilizarla. Se las até para que entendiera, antes de que pasara nada, que esa noche su cuerpo había dejado de ser suyo.
Llovía, así que subimos a mi casa y dejamos que la suerte eligiera a qué jugábamos. Ninguno imaginaba que ese juego terminaría con ella desnuda y suplicando entre mis cuerdas.
Llegué a su piso convencido de que las agujas no me iban a tocar el alma. Damián me hizo entender muy rápido que se había preparado para lo contrario.
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.
Salí de la ducha suave y enjabonada sin sospechar que esa tarde un desconocido fornido nos convertiría a las tres en sus sirvientas obedientes, dispuestas a todo.
La voz al otro lado del auricular me dio una orden simple: no podía terminar hasta que ella lo decidiera. Y entonces se desconectó sin avisar cuándo volvería.
Cuando salí del baño con el plug todavía dentro y el cuerpo depilado, supe que aquel día entero le pertenecía a ella y a sus reglas.
Cuando me metieron en esa celda jamás imaginé que dos desconocidas iban a convertirla en el escenario donde aprendí lo que era rendirse al deseo y al placer.
Octavio caminaba desnudo por el borde de la pileta como si fuera un trofeo, sin sospechar que su esposa y su amiga ya tenían un plan para esa tarde.
Renata entró al despacho esperando una suspensión. La decana cerró la puerta con llave, le pidió que se levantara y le dijo que el castigo iba a ser muy distinto.
Cuando vi su cara en la cámara del portal, supe que la presa había seguido el rastro hasta la cueva. Solo faltaba decidir si la dejaba cruzar la línea.
Bajó las escaleras esperando una tarta y un coro de felicitaciones. En su lugar encontró doce velas, dos hombres en silencio y una venganza largamente planeada.
Bajé decidida a echarle en cara su engaño. Terminé sobre sus rodillas, con la bata levantada y el cuerpo ardiendo por algo que nunca debí sentir.
Cada tarde, al volver de la facultad, guardaba la ropa de hombre en el cajón de abajo como quien esconde pruebas de un delito. Y bajaba la escalera con tacones.
Cuando abrí mi maleta en la cabaña no había nada mío: solo tangas de encaje, faldas cortas y maquillaje. Carla me miró con calma y dijo que esa era mi única chance.
«Llámala», le dije. «Quiero que venga, que sienta lo que perdió y que pague por el mensaje de anoche.» Él tragó saliva y marcó su número sin pensarlo dos veces.
Gané la mano y, por primera vez, los tuve a los dos a mi merced. Mi marido y nuestro invitado, esperando mi orden. Y yo ya sabía qué iba a pedirles.
Esa tarde Damián tenía otros planes. En cuanto crucé el umbral me dio dos bofetadas y me ordenó cruzar el piso desnudo moviendo el culo.
La noche que mi jefa leyó mi historial de navegación, supe que estaba perdido. Lo que no supe es cuánto iba a disfrutar cada paso de mi rendición.
Bajé la cabeza y solo supe responder «sí, señora». Esa noche dejé de ser una invitada para convertirme en algo que las dos podían usar a su antojo.