La ninfa de la boda me dejó su número en la piel
Pasé doce meses cargando focos y odiando mi vida. Esa madrugada, junto a la fuente, una desconocida me pidió que la fotografiara como nadie se había atrevido.
Historias reales contadas en primera persona
Pasé doce meses cargando focos y odiando mi vida. Esa madrugada, junto a la fuente, una desconocida me pidió que la fotografiara como nadie se había atrevido.
Llevaba años amasando pan con la vista clavada en el piso, hasta que una tarde de verano se quedó a solas con el hombre que la miraba distinto.
Nunca había estado en un sex-shop, me dijo. Entramos juntos a una cabina y, entre gemidos en la pantalla, me pidió algo que jamás imaginé escuchar de su boca.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
Por la curva no apareció una grúa moderna, sino un camión oxidado y un hombre enorme que olía a campo. Y supe, antes de que abriera la boca, cómo nos iba a cobrar.
Le ofrecí un trabajo y un techo, nada más. Pero esa primera noche en la casa del río ninguno de los dos fingió que aquello seguía siendo solo un acuerdo.
Lo que empezó como un masaje pagado en un hotelito de pueblo se convirtió en algo que mi amiga y yo juramos no contarle nunca a nadie.
Me había puesto la falda más corta que tenía y, cuando aquel universitario apoyó la mano en mi muslo, supe que el viaje iba a ser mucho más largo de lo que decía el billete.
Le había arruinado el vestido al principio de la fiesta. No imaginé que esa misma desconocida me arrinconaría contra la barandilla cuando ya no quedaba casi nadie en la azotea.
Un muchacho que revisaba un contenedor me chistó en la calle, y cuando me dijo por qué, quise desaparecer. Lo que no imaginé fue cómo terminaría agradeciéndole.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
Me vestí para impresionar, pero al cruzar la puerta de aquella oficina entendí que no iba a usar el currículum para conseguir el trabajo.
El roce de la sábana me despertó y, al girar la cabeza, la encontré dormida a mi lado. No recordaba nada de la noche anterior, pero mi cuerpo sí.
Jamás había visto a una mujer desnuda hasta esa tarde junto a la cascada. Lo que no sabía era que ese deseo terminaría embarcándolo hacia el fin del mundo.
Lo había odiado durante años, pero al verlo sentado en aquel café lo único que sintió fue calor entre las piernas y unas ganas que creía enterradas para siempre.
Pensé que era el más disciplinado de la facultad. Entonces ella se recargó en la puerta del aula vacía y me dejó claro que sabía todo lo que yo escondía.
Llevaba dos años sin que nadie me tocara. Mi hija lo sabía, y esa tarde apareció en mi cuarto con un hilo dos tallas demasiado pequeño y una idea en la cabeza.
Frené la bici, le arreglé la cadena y seguí a mi oficina sin saber que esa desconocida iba a costarme el empleo... y a darme mucho más que un mal día.
La conocí en un bar de mala muerte y, a los treinta, creía saberlo todo sobre el sexo. Esa señora me demostró en una sola noche que no sabía nada.
Lo conocí entre cuadros que parecían susurrar y, dos horas después, estaba contra la puerta de su casa preguntándome cómo había llegado tan lejos sin decir una palabra.