Quince días en Bali que cambiaron mi forma de gozar
Pagué por una tarde y terminé contratando a esa mujer durante toda la semana. Lo que pasó la última noche es lo que jamás le he contado a nadie, ni siquiera a mi mujer.
Historias reales contadas en primera persona
Pagué por una tarde y terminé contratando a esa mujer durante toda la semana. Lo que pasó la última noche es lo que jamás le he contado a nadie, ni siquiera a mi mujer.
Mi mejor amiga llegó empapada esa noche, con los ojos rojos de tanto llorar. Lo que pasó después de la tercera botella de vino no estaba en mis planes.
Eva me citó dos horas antes de coger su vuelo a Boston. Cuando llegó a casa traía un perfume nuevo y una idea muy clara de cómo despedirse.
Crucé el pasillo descalza a las tres de la mañana, sabiendo que su puerta estaba entreabierta a propósito. Lo que pasó después no podemos volver a nombrarlo nunca.
Cuando rompí el sello rojo del sobre, supe que mi vida estable acababa de cruzar una línea. Lo que no esperaba era que mi marido me suplicara que aceptara aquella propuesta indecente.
Cuando entró a la celda con ese vestido rojo y los guardias se alejaron por orden del director, supe que esa visita no iba a ser estrictamente legal.
Cuando entraron al departamento ya no quedaba nada de inocencia en sus miradas. Solo faltaba decidir cómo íbamos a terminar la noche, y la baraja quedó sobre la mesa.
Lo esperaba en la terminal con el vestido rojo que él odiaba que llevara sin sostén. Tenía la regla y un deseo que no se calmaba con nada que no fuera él.
Le había servido café a cientos de hombres sin pestañear. Cuando él entró esa noche, supe que iba a romper todas mis reglas. Y lo hice sin remordimiento.
Cuando se inclinó delante de él en la máquina y le susurró al oído que tenía una clase reservada para él, supo que ese lunes ya no iba a parecerse a los anteriores.
Llegué a la despedida con tacos rojos y el corazón roto. Lo que no imaginé es que iba a terminar arrodillada frente a un desconocido, sin querer que parara nunca.
Llevaba tres días en aquella ciudad cuando entendí que el verdadero destino del viaje no estaba marcado en ningún mapa, sino en lo que esa mujer me susurró al oído.
Llevaba semanas fantaseando con ella, pero fue la tormenta de nieve y ese motel de parejas lo que terminó por romper las barreras entre nosotros.
Cuando Aiko entró al agua del onsen sin ropa y sin apuro, supe que ese viaje de trabajo iba a terminar de una forma que no figuraba en ningún contrato.
Una presentadora de televisión. Un sobre anónimo. Un heredero de veinte y tantos años esperando en la suite. Y un marido que quería oírlo todo.
Llevaba diez años leyendo el noticiero estelar cuando aquel sobre de papel marfil llegó a recepción. Dentro, una propuesta que solo un hombre como él podía hacer.
Aquella mañana entré al penal con una buena noticia para mi cliente. Salí con la blusa arrugada, el pelo revuelto y un secreto que jamás contaría.
Cuando Mateo le susurró que iba a probar algo que no se olvidaría más, Camila no sabía que esa noche su exmarido aparecería y dos oficiales le mostrarían qué significaba ganar.
Esa noche me afeité, me lavé y la esperé sabiendo lo que quería. Lucía llegó con su mochila, su piruleta roja y esa sonrisa que nunca se le borraba, pasara lo que pasara entre nosotros.
La primera vez que Valeria vio a Marcos, él era su cliente. La última vez que lo vio en esa celda, ya no lo era solo.