Crucé la ciudad caminando hasta su habitación
Lo conocí solo por mensajes. Cuando entré al hotel y todo el personal me miró, pensé que daba igual lo que pensaran: yo iba por todo y nada me iba a parar.
Historias reales contadas en primera persona
Lo conocí solo por mensajes. Cuando entré al hotel y todo el personal me miró, pensé que daba igual lo que pensaran: yo iba por todo y nada me iba a parar.
Cuando me ordenó vestirme de profesora y esperarlo a las diez en punto, supe que mi cuerpo respondería antes que mi conciencia.
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
La oí gemir desde el otro lado del pasillo. Supe que esa noche tampoco iba a dormir. Pegué el oído a la puerta y luego corrí al estudio de mi abuelo.
Me pidió que la acompañara porque los bares estaban llenos. Bromeé con que me pondría cachondo viéndola, y ella sonrió como si llevara horas esperando que lo dijera.
Llevaba veinte minutos bailando con un desconocido en la pista. Cuando él propuso subir al baño del piso de arriba, dijo que sí sin imaginar lo que vendría.
Cuando salí del agua, mi mochila había desaparecido. Mi ropa también. Y entre los helechos, dos ojos oscuros que yo aún no había visto.
Aquella madrugada, cuando él se durmió, una cruzó el pasillo descalza y se metió en la cama de la otra. No iba por hablar, ni por curiosidad.
Lo vi marcharse el lunes con la maleta y un beso seco. Esa misma noche, en la cama, supe que su ausencia pesaba más que cualquier orgasmo.
Lo invitamos a casa con la promesa de no tener reglas. Lo que pasó esa madrugada en el sofá rompió todo lo que creíamos saber sobre nosotros.
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Lo descubrí la primera tarde, cuando el barman libraba y aquel forastero de pendientes de oro decidió que mi parada era su nuevo coto de caza.
Cuando se inclinó frente a mí en la prensa de piernas, supe que aquel lunes a las siete menos cuarto no iba a ser un entrenamiento normal.
Cuando vio al brasileño cruzar la pista hacia nosotras, supe que mi compañera de piso ya no era la chica tímida que había llegado a Madrid hacía un mes.
Llegué solo al hotel y me dije que esa semana iba a ser distinta. No imaginaba que la mujer de la barra del bar iba a enseñarme cosas que nunca había sentido.
Helena llegó dos horas antes del vuelo. Le había comprado un perfume para darle las gracias. Ella tenía otro plan para despedirse.
Empujé la puerta con la respiración contenida. Él dormía de lado, la sábana caída hasta la cintura. Si me iba en ese instante, no había pasado nada. No me fui.
La vi besarse con otro tres meses después de dejarme. Esa madrugada entré en un local que no había pisado nunca, y empezó algo que no he contado a casi nadie.
Me gustan las mujeres y la quiero a ella, pero hay algo que solo encuentro en otros hombres y no puedo dejar de buscarlo, por más que lo intente.
Bajé del coche con el abrigo abierto, sin nada debajo, y desde la otra acera empezaron a señalarme. Mi esposo me miraba desde lejos, esperando a ver cuál elegiría.