Le pedí que no fuera delicado y me lo dio todo
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
Historias reales contadas en primera persona
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
Llevaba años convenciéndome de que sabía lo que quería de una mujer. Esa noche, en la barra de un bar casi vacío, una desconocida me demostró lo equivocado que estaba.
Mi novio llevaba años rogándome eso que me daba terror. Le juré que sería suyo en Navidad, sin saber que un amante mayor ya me estaba preparando.
Tenía diecinueve años y me creía intocable, hasta esa madrugada en que un hombre que me doblaba la edad me demostró cuánto me equivocaba.
«Tengo el arnés en el bolso», me susurró sobre el ruido del bar. «¿Quieres dejar de fingir y comprobar si eres tan valiente como pareces?».
Esa madrugada seguí a una colega por el pasillo restringido. Lo que vi por la rendija de la puerta me dejó temblando, con la mano debajo de la falda.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Me descalzo nada más entrar, todavía con el sabor de sus órdenes en la boca. Antes de desnudarme escribo el mensaje de siempre: «Ya en casa, Amo».
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
La hice cambiar de ropa antes de llegar a la obra: quería que cada uno de sus obreros entendiera, con una sola mirada, quién mandaba de verdad ahora.
Llevaba mi pequeño secreto de metal entre las piernas mientras él daba clase, convencida de que era yo quien tenía el control. Me equivoqué en cada cálculo.
Llegó a la fortaleza envuelta en sedas, convencida de que su belleza ya había comprado una vida de lujos. No imaginaba el precio que cobraría su nuevo marido esa misma noche.
Me dijo que cerrara los ojos y confiara en él. Lo hice. Lo que vino después fue la fantasía que nunca me había atrevido a pedir en voz alta.
Llevaba meses imaginándolo en silencio. Esa noche, después de la cena, decidió que ya no quería seguir guardándoselo solo para sus sueños.
Bianca llevaba siete años acostumbrada a no sentirse deseada. Esa noche, en una cama ajena, descubrió que su cuerpo podía ser el centro de todo.
Le pedí prestada la bicicleta solo para tener una excusa. La verdad es que llevaba días pensando en cómo sería el primer hombre al que se la quitaría.
Todos la llamaban la chica fácil de la facultad. Yo solo quería que me explicara, sin vueltas ni vergüenza, cómo dar ese paso con mi novio sin terminar lastimada.
Habíamos bromeado con la idea después de la película. Una semana después, mi mujer me dejó un audio a la una de la mañana y el cuarto olía a otro hombre.
Cuando vi que la camioneta se alejaba por el camino, mi cuerpo empezó a latir distinto. Sabía exactamente lo que iba a pasar apenas él y yo nos quedáramos solos en esa casa.