El cazador de las montañas y los tres muchachos
Cuatro meses solo en la montaña le habían dejado un hambre que ningún whisky calmaba. Esa noche, tras la cortina roja de la posada, tres muchachos sabían exactamente cómo recibirlo.
Cuatro meses solo en la montaña le habían dejado un hambre que ningún whisky calmaba. Esa noche, tras la cortina roja de la posada, tres muchachos sabían exactamente cómo recibirlo.
Un viernes a las diez, el gimnasio casi vacío y un tipo que cargaba el doble que yo en el banco de al lado. Bastó una mirada en el espejo para que todo se torciera.
La puerta apenas se ha cerrado y ya tengo su boca buscando la mía, todavía con el sabor de la noche entre los dientes. Ahora la cama es solo nuestra.
Iván y Nico cruzaron la puerta como si el ático ya fuera suyo, y antes de saludar siquiera ya nos habían empujado contra la pared del salón.
Cuando la puerta se cerró y se tragó la última luz, ya solo existían las manos, las bocas y la voz de Mateo diciendo que esa noche yo era suyo.
Me tumbé desnudo bajo el último sol de septiembre, ofreciendo mi cuerpo a quien quisiera mirarlo. Entonces apareció el único hombre que pensé que no volvería a ver.
Llevábamos semanas en alta mar y el viejo contramaestre me había estado mirando distinto. Esa medianoche, al terminar mi guardia, golpeé su puerta sin imaginar lo que me pediría.
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
Casi las nueve de la noche, el campus vacío y una mochila olvidada en los lavabos. La abrí solo para buscar al dueño. Lo que había en el fondo lo cambió todo.
Damián salvó a media ciudad y se llevó al novato a su suite para celebrarlo. Tomás lo admiraba como a un ídolo, hasta que esa noche descubrió quién mandaba de verdad.
Pensé que solo cenaríamos los tres. Pero mi prima había invitado a sus amigos, y esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacer a su novio.
Llevaba casi dos meses sin saber de él. Entonces llegó el mensaje: «Mañana ven al trabajo con ropa interior de mujer». Y supe que no podría negarme.
Sabía que mis padres eran dominantes. Lo que no sabía era hasta dónde estarían dispuestos a llegar para darme el regalo que les pedí esa mañana.
En cuanto oyó la llave girar en la cerradura, Nico supo que la llegada de su primo iba a cambiarlo todo, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
Lo vi en la esquina con el pito entre los dientes, avisando a los jíbaros. No pude dejar de mirarlo, y supe que esa madrugada no me iría a casa sin él.
El agua caliente me recorrió la espalda y, por primera vez en aquel encierro, sentí sus manos callosas como una caricia. No abrí los ojos. Se lo había prometido.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Me asomé por la rendija sin pensar y lo que vi me clavó al suelo: mi padre no era quien yo creía.
Karim me arrancó el bañador y me dijo que ya era hora de dejar de hacerme el estrecho. No sabía que esa tarde junto al agua iba a aprender a usar mi cuerpo como un arma.
Iba borracho en el metro cuando abrí la app por aburrimiento. No imaginaba que ese mensaje de un desconocido terminaría conmigo de rodillas en un trastero a oscuras.