Hetero, arruinado y una oferta imposible de rechazar
Medio millón de euros por pasar cinco días en el Caribe con un desconocido. Bruno no era gay, pero las deudas no entienden de etiquetas y el avión privado ya lo esperaba.
Medio millón de euros por pasar cinco días en el Caribe con un desconocido. Bruno no era gay, pero las deudas no entienden de etiquetas y el avión privado ya lo esperaba.
Acepté el juego: la puerta sin cerrar, las luces apagadas y un hombre al que nunca le vería la cara. Lo que no imaginé fue encontrármelo el lunes en la oficina.
Entré con un vaso de agua y lo encontré cambiándose de pantalón. A partir de ese segundo supe que todo lo que creía saber de mí mismo era mentira.
Su mano subió desde mi rodilla hasta el muslo sin prisa, como si supiera de antemano que yo no iba a apartarla. Y no la aparté.
La maleta de Unai ya estaba hecha, pero antes de cruzar el océano quedaba una última noche: cuatro cuerpos, dos correas y una despedida que ninguno olvidaría jamás.
Cazaba ciervos en el monte cuando unas garras me alzaron hacia las nubes. Al despertar, un hombre de barba hirsuta y sexo erecto me esperaba sobre un lecho de mármol.
Llevaba meses mandándole toques sin respuesta. Aquella mañana contestó con dos palabras que me pusieron de rodillas antes incluso de abrirle la puerta.
Cuando mi madre encontró las manchas en mi ropa creyó lo peor. No sabía que Marco no me lastimaba: me ayudaba a dejar de tener miedo de ser quien soy.
Llevaba el traje impecable y, debajo, el encaje que solo él podía ver. Cuando el pestillo del despacho hacía clic, Noa dejaba de ser el asistente perfecto.
Lo apresaron robando comida en plena noche; cuando le obligaron a alzar el rostro bajo la melena enmarañada, el patricio reconoció unos ojos que creía perdidos para siempre.
Llegábamos tarde a la academia cada mañana, pero jamás nos saltábamos ese ritual entre las sábanas. Hoy, por primera vez en semanas, era él quien me abría las piernas.
Sentí su cuerpo grande apretándose contra mi espalda en cada frenada, y cuando susurró «bajamos en la próxima» supe que no iba a poder decirle que no.
Llevaba tres semanas en la empresa cuando él se inclinó sobre la mesa y me dijo que tenía algo que llamaba la atención. Esa misma tarde lo seguí.
Llevaba un año buscando a alguien dispuesta a tomarme por completo. El correo de aquella desconocida lo cambió todo: no quería jugar conmigo, quería quedarse con mi vida entera.
Llamó a la puerta esperando una revisión rutinaria. Le abrió una desconocida con bata y una sonrisa que prometía problemas, y supo que esa tarde no mandaría él.
—Esta noche no me sirves con las manos —dijo, subiéndose la falda mientras yo seguía de rodillas, esperando la única orden que de verdad importaba.
Sus pies sobre el borde de mi sillón fueron solo el principio. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacerla.
Soy una patricia acostumbrada a comprar todo lo que deseo. Esa tarde descubrí que hay hombres a los que no se les ordena: se les obedece.
Llevaba años robándole las chanclas para esconderme con ellas. La tarde en que me descubrió subida a una escalera, supo exactamente cómo usar mi secreto.
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.