La sumisa que subió al piso de los universitarios
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.
Bastó que ella me encontrara de rodillas junto a su cama para que la amistad se rompiera y empezara otra cosa: obedecer cada uno de sus caprichos sin rechistar.
La primera vez que me ordenó pintarme las uñas de los pies, mis manos temblaban. No por miedo: por las ganas de obedecerle.
Llevaba años guardando ese secreto. Bastó una botella de vodka y una vieja chancleta blanca para que ella tomara el control y me pusiera de rodillas.
Cuando me agarró del brazo a la salida, entendí que no buscaba una disculpa. Buscaba un esclavo, y yo ya estaba de rodillas antes de que lo pidiera.
Bastó que ella mirara mis pies desnudos sobre las baldosas frías para entender, antes que yo, en qué clase de hombre podía convertirme si me lo ordenaba.
Bajé al baño con una urgencia simple y la encontré a ella, enjabonada y sonriendo, sabiendo de antemano la orden que estaba a punto de darle.
Se quitó el zapato dentro del auto, deslizó el pie hasta mi entrepierna y susurró: «¿Tu primera vez va a ser obedeciéndome? Mejor para los dos».
Desperté atado al banco de cuero, desnudo y amordazado, y entendí que la sesión no era para curarme: era para que ellas se divirtieran conmigo.
A la una de la madrugada se quitó los tacones para provocar, como siempre. No sabía que esa noche alguien iba a convertir su capricho en una orden.
Llevaba semanas admirando sus pies desde la última fila. El día que se quitó las sandalias y me clavó la mirada, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegó del entrenamiento con el uniforme todavía puesto, me miró desde arriba y entendí que esa tarde algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
Llevaba años fingiendo que no miraba sus pies. Esa noche, descalza sobre la cama, me ordenó arrodillarme y supe que ya no habría vuelta atrás.
Entré al posgrado sin conocer a nadie. Bastó que ella cruzara las piernas y se quitara una sandalia para que yo dejara de prestar atención a todo lo demás.
Cuando salió del dormitorio enfundada en aquel látex negro, con la coleta tirante y los tacones altos, supe que esa noche no íbamos a dormir temprano.
Esa tarde cruzó la cortina de la trastienda sabiendo que iba a cumplir cada orden, por degradante que fuera, sin que nadie la obligara a hacerlo.
No tuve que leer su nombre para saber que esos pantalones verdes que describía con tanto detalle eran los míos. Y supe, en ese instante, que iba a hacerlo suplicar.
La echaron de la mansión por pedir demasiado. Caminando perdida en la noche, el hedor de un camión de basura le hizo sonreír: por fin alguien hablaría su idioma.
Bajó las escaleras de aquella consulta sabiendo que no saldría siendo la misma mujer: tres pares de manos la esperaban para recordarle lo que de verdad era.
Contamos hasta tres y nos quitamos el bañador delante de todos. Lo que no sabía era que ella había guardado una llave en su collar para el resto del día.