El día que mi amo vino a cobrarse cada falta
Abrió una libreta y empezó a leer en voz alta: cada palabra mal dicha, cada burla, cada falta tenía un número. Y ese número eran azotes que pensaba cobrarme.
Abrió una libreta y empezó a leer en voz alta: cada palabra mal dicha, cada burla, cada falta tenía un número. Y ese número eran azotes que pensaba cobrarme.
Rodeada de edificios más altos, su azotea parecía un escondite. Hasta que entendí que cada ventana era un par de ojos esperando ver lo que íbamos a hacer.
Cruzamos el parque a oscuras y, antes de darme cuenta, ella estaba de rodillas frente a mí con una sonrisa que todavía no consigo borrar de la cabeza.
Había llegado solo a la primera función de la mañana. Entonces escuché unos tacones acercándose por el pasillo y todo cambió cuando ella se sentó a mi lado.
Bajo el abrigo largo no llevaba absolutamente nada, y en cuanto las puertas se cerraron mandé el ascensor al piso más alto del edificio para tenerla solo para mí.
Bajé la voz hasta volverla un susurro: —Imagina que vamos por la autopista y alguien, desde otro coche, ve justo lo que te hago con la mano.
Eché el pestillo, me arrodillé sobre las baldosas frías y supe que iba a obedecerle hasta el final, aunque cualquiera pudiera entrar en el baño de al lado.
Tenía una cita esa misma noche, pero antes acabé de rodillas en el asiento de un coche aparcado. No estaba en mis planes, y por eso me gustó tanto.
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, mi amiga subió al escenario y pidió que la música empezara otra vez. No quería dejarme sola allí arriba.
Habíamos ensayado cada gesto, cada palabra, cada límite. El juego era nuestro y solo nuestro. Hasta que dos desconocidas aparecieron entre los árboles y lo cambiaron todo.
Llevábamos doce años casados y jamás la había visto tan dueña de sí misma como aquella tarde, dejándose mirar de pie en el agua por hombres que no conocíamos.
Salimos casi sin despedirnos. En el auto, con la rabia todavía ardiéndome por dentro, decidí recordarle a quién pertenecía esa noche.
Fui al baño riéndome con mis amigas y volví caminando junto a un desconocido que no dejaba de soltarme indirectas. No pensaba parar a tiempo.
Llevaba el disfraz demasiado apretado y media cerveza de más cuando empujé la puerta equivocada. Dentro estaba él, mirándome como si supiera que yo no iba a salir.
La sala estaba casi vacía cuando ella eligió sentarse a una butaca de distancia. No miraba la pantalla: me miraba a mí, y quería que yo lo notara.
Su madre iba a misa los miércoles por la tarde, y ese hueco de media hora se convirtió en el secreto mejor guardado de toda la oficina.
Trabajaba mientras la ciudad dormía encerrada, y el único momento mío era ese vagón vacío. Hasta que él dejó de pedirme el permiso y empezó a pedirme otra cosa.
Subí al último vagón pensando en un viaje tranquilo. Nunca imaginé que la mujer del vestido verde me invitaría a mirar todo lo que su pareja iba a hacerle.
Le dije que el límite lo ponía ella. Lo que no esperaba era cuánto me gustaría quedarme a un lado, mirando, mientras otros la descubrían.
Llevábamos meses rozándonos con la mirada en el juzgado. Aquella tarde de feria, entre dos coches y lejos de todos, dejamos de fingir que no pasaba nada.