La universitaria que me tocó en el bus de noche
La conocí en un curso de inglés y la creí tímida. Esa noche, en el asiento del fondo, descubrí que era mucho más atrevida de lo que aparentaba.
La conocí en un curso de inglés y la creí tímida. Esa noche, en el asiento del fondo, descubrí que era mucho más atrevida de lo que aparentaba.
Me regaló un bañador carísimo para que solo él me admirara. No imaginaba que esa misma mañana yo dejaría que decenas de desconocidos me vieran sin nada.
Cuando se apagaron las luces de la sala, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea de la que ninguno de los dos querría volver.
Nunca hablamos. Solo miradas que se cruzan dos paradas después de la mía. Pero en mi cabeza ya pasó todo, y vuelve a pasar cada mañana que lo veo subir.
Me afeité hasta dejar la piel suave, me ceñí el corsé y deslicé el plug muy despacio. Por primera vez iba a salir a la calle siendo quien de verdad era.
Echó el pestillo a mi espalda y, antes de que pudiera protestar, sus dedos ya buscaban mi cinturón. Solo dijo: «Escuché que era tu cumpleaños».
Me vestí simple y acepté el paseo sin imaginar que esa tarde, rodeada de hombres que me doblaban la edad, descubriría hasta dónde era capaz de llegar.
Sorteamos los equipos y me tocó con ella. A los pocos minutos entendí que se había dado cuenta de todo, y que mirar le gustaba tanto como a mí ser mirada.
Llevaba noventa noches despertándome con su nombre en los labios. Cuando lo vi cruzar la pista de aquella discoteca, supe que esta vez no me iría sin él.
Cruzamos una sola mirada entre los percheros y supe que esa tarde no iba a volver a casa siendo la misma. Él tampoco lo sabía todavía.
Salimos del último bar muy borrachos, sin imaginar que esa calle desierta nos llevaría a algo que nunca nos habíamos atrevido a decir en voz alta.
El corazón me golpeaba el pecho mientras subía al borde del retrete con el móvil en alto: a un palmo de mí, ella ya no fingía resistirse al desconocido.
Le juré que no podían vernos a la salida de la oficina. Veinte minutos después estaba sobre él, con los cristales empañados y una sombra acercándose por el retrovisor.
La vi al subir y supe que no iba a dormir. Lo que no imaginé es que la espiaría desde las sombras del entrevagón mientras otro hombre la tomaba contra la ventana.
Eran las once y media, estábamos contra una pared de una calle francesa cualquiera, y ella me miró a los ojos y dijo algo que me aceleró el corazón.
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Tres citas en una semana para olvidarla, y entonces ella entró en el mismo restaurante, con su marido de cebo y un plan que yo todavía no entendía.
Llevaba meses escribiéndome. Esa noche por fin lo tenía enfrente, y entonces apareció el chico que me cruzaba en el tren cada tarde.
No nos exhibimos para que nos vean: simplemente dejamos de escondernos. Y si una persiana se mueve al otro lado del seto, ella sonríe y abre un poco más las piernas.
Le pedí que manejara despacio, que no tenía prisa por llegar. Él todavía no sabía lo que yo había decidido hacerle apenas dejáramos atrás las luces de la fiesta.