El laberinto donde mi pareja me presentó a su amante
Llevaba años fantaseando con el dogging, pero nunca imaginé que sería ella quien me arrastraría hasta el final de aquel polígono, con una sorpresa esperándome entre los setos.
Llevaba años fantaseando con el dogging, pero nunca imaginé que sería ella quien me arrastraría hasta el final de aquel polígono, con una sorpresa esperándome entre los setos.
Subí a la moto sin saber pilotar y bajé de ella convertido en otro. Pero lo que de verdad me cambió pasó después, en la arena, lejos de las miradas... o eso creía.
Habían ido buscando acción y el local estaba muerto. Hasta que una pareja tímida se quedó en la barra sin saber dónde se había metido.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.
Mientras le untaba el protector, ella movía despacio las caderas contra la arena. Yo solo pensaba en cómo convencerla de cruzar la puerta del otro hotel.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.
Cuando el guardia gritó su número, las risas se apagaron de golpe y cien miradas se clavaron en ella: la única belleza intacta en un patio de cemento, sudor y alambre de púas.
Cuando Diego me dejó el coche y se fue a casa con el niño, no imaginé que terminaría la noche contra la pared del baño, con la boca de otro en mi cuello.
Solo recibí dos fotos esa mañana: ella desnuda frente al mar y, una hora después, la funda de un condón abierta. Lo demás me lo contó en la cama.
Cuando Diego frenó frente a las luces de neón, supe que aquella apuesta entre risas y kalimotxo iba a convertirse en la noche que mi mujer y yo llevábamos meses imaginando en secreto.
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
La curiosidad de Bruno despertó algo en mí que ya no pude controlar: quería que mi entrenador me tocara de verdad, no solo en mis palabras.
Mi novia llevaba una semana fuera de la ciudad y yo solo pensaba en una cosa: escribirle a Mariana y citarla en el café de siempre para jugar un rato.
Llevo años fingiendo en la cama. Esa noche, mientras él pedía otra copa, crucé una mirada con el hombre de la barra y supe que no volvería sola del baño.
Bajó las escaleras con el corazón acelerado y el vestido pegado a la piel desnuda. Sabía que él la observaba desde la ventana, y que esa noche el juego ya no tenía marcha atrás.
Bajé a la cala más solitaria a disfrutar del sol, pero detrás de aquella sombrilla tumbada había algo que no debía ver. Y se me ocurrió una idea.
Entré al cuarto disfrazada de mimo, con una gabardina sobre la lencería y la certeza de que esa noche iba a hacer algo de lo que nunca me arrepentiría.
Esa polla que la había dejado temblando el sábado pertenecía al hombre que el lunes firmaría sus evaluaciones. Y ninguno de los dos pensaba detenerse.