La cena donde dos maduras dejamos de fingir decoro
Sonia me esperaba en la puerta del restaurante con un vestido tan corto que cada vez que respiraba contaba un secreto. Y yo había ido dispuesta a contar el mío.
Sonia me esperaba en la puerta del restaurante con un vestido tan corto que cada vez que respiraba contaba un secreto. Y yo había ido dispuesta a contar el mío.
Escondí mis prendas por todo el terreno y me juré recuperarlas antes del quinto orgasmo. El claxon de aquel auto detenido frente a la reja lo cambió todo.
Yo solo quería ver hasta dónde llegaba mi mujer con esos dos chicos. Me encendí un cigarro y me quedé quieto, mirando cómo empezaba el juego.
Entré a comprar un refresco y salí siendo otra mujer. Marcos me esperaba detrás del mostrador, y esa noche aprendí lo que era no tener pudor.
«Hoy quiero que nos masturbemos mientras nos miramos», me dijo dentro del coche. No esperaba eso, pero la idea de mirarla sin tocarla me encendió de golpe.
El traqueteo del autobús medio vacío me encendió, y cuando bajé la mano bajo la falda no imaginé que alguien al otro lado del pasillo no me quitaría los ojos de encima.
Bajamos al garaje a jugar como cuando éramos novios. Lo que no esperábamos era que esa noche hubiera alguien más despierto entre los coches.
Bajé al baño de aquel cine de barrio creyendo que solo buscaba intimidad, pero esa tarde descubrí algo de mí que ya no pude dejar de perseguir.
Cuando cerré la puerta con llave, él se dio vuelta y me reprochó el beso que le había dado a otro hombre. No supe si era rabia o deseo lo que le ardía en los ojos.
Me dijo que estaba casada y que su marido trabajaba lejos. Esa noche aprendí que una mujer experimentada sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
La sala estaba casi vacía cuando su mano se posó en el reposabrazos. Yo tenía cuarenta y dos años y creía saberlo todo sobre el deseo. Esa noche aprendí que no.
La cité a las diez y media de la mañana, pero recién apareció a las dos de la tarde. Para entonces yo ya había pensado exactamente dónde y cómo iba a tenerla.
Volví de la segunda cita con el corazón acelerado, y lo que menos imaginaba era que mi propio esposo, esa noche, me pediría que se lo contara todo.
Todos apuraban el paso frente a su quiosco para no oír sus groserías. Una tarde de verano, Dalia se detuvo a comprar un helado y ya no supo cómo volver a casa.
Llevaba meses sonriéndole al darle el cambio, hasta que una mañana deslizó su teléfono en mi mano y supe, sin dudarlo, que iba a llamarlo.
Pensaba que aquellas fotos eran solo mías, hasta que ella contó hasta cinco frente a los barcos y se levantó el vestido sin avisar.
Cuando salió del agua y vi que la tela se le pegaba al cuerpo sin esconder nada, entendí que ese día íbamos a ser el centro de todas las miradas.
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Habíamos planeado esa noche durante una semana: su marido en el fútbol, mi mujer en clase. Lo que no calculamos fue cuántas veces nos iban a interrumpir.
Dejé la cortina del probador entreabierta a propósito. Lo que no esperaba era que la mujer de enfrente hiciera exactamente lo mismo y se sentara a mirarme.