El paquete que me trajo el vecino esa mañana de agosto
Abrí la caja delante de él porque dentro venía la excusa perfecta. Lo que no esperaba era que el vecino se atreviera a tanto, ni que yo le dejara hacerlo.
Abrí la caja delante de él porque dentro venía la excusa perfecta. Lo que no esperaba era que el vecino se atreviera a tanto, ni que yo le dejara hacerlo.
Le había arruinado el vestido al principio de la fiesta. No imaginé que esa misma desconocida me arrinconaría contra la barandilla cuando ya no quedaba casi nadie en la azotea.
Me vestí para impresionar, pero al cruzar la puerta de aquella oficina entendí que no iba a usar el currículum para conseguir el trabajo.
Bajé la mirada hacia la ventana de enfrente y entendí que esa noche, entre camiones aparcados, nadie iba a correr las cortinas.
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
Solo buscaba un sitio donde dormir. No imaginaba que un agujero en su pantalón de pijama terminaría cambiándolo todo aquella noche.
Me apunté a última hora a una fiesta en el campo donde nadie tenía pareja y mandaba una sola regla: lo que pasara esa noche, se quedaba allí. No imaginaba hasta dónde llegaría.
«Solo los tres primeros niveles», le prometí en el avión. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde nos llevaría ese cuaderno de retos antes de volver a casa.
Tenía el bolígrafo en la mano y la deuda de toda una vida sobre la mesa. Lo único que me pedía a cambio era dejar el orgullo en la puerta.
La regla era simple: al cerrarse las puertas del ascensor, yo dejaba de ser una persona y me convertía en parte de su mobiliario.
Cuando abrí los ojos en el baño de vapor, él ya me estaba mirando. Y yo sabía perfectamente quién era, aunque jamás creí tenerlo tan cerca.
Había hecho tres mil metros a muerte y solo quería el agua caliente sobre los hombros. Entonces él se giró bajo la ducha de al lado y supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
Cruzamos la cortina negra y la oscuridad se nos tragó: solo dos luces rojas, el latido del techno y un colchón rodeado de sombras que ya nos esperaban.
Reconocí su sonrisa de diablo apoyada en la barra, con la toalla negra y el arnés rojo, y supe que esa noche el sauna entero iba a ser testigo de lo nuestro.
Me tumbé desnudo bajo el último sol de septiembre, ofreciendo mi cuerpo a quien quisiera mirarlo. Entonces apareció el único hombre que pensé que no volvería a ver.
La llave giró en la cerradura a las dos de la madrugada y yo seguía debajo de él, sin intención de taparme. Cuatro pares de ojos me miraron desde la puerta.
Medio millón de euros por pasar cinco días en el Caribe con un desconocido. Bruno no era gay, pero las deudas no entienden de etiquetas y el avión privado ya lo esperaba.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
El azul de su peto le traía suerte, decían. Pero esa noche, bajo el chorro de agua y las miradas de sus compañeros, supo que la suerte tenía otro nombre.
Me había jurado que solo íbamos a mirar. Pero cuando aquel desconocido posó la mano en el hombro de Eduardo, supe que yo tampoco iba a poder quedarme quieto.