El club donde mi mujer dejó de ser solo mía
Cuando Lucía cruzó la sala y se sentó en las rodillas de él sin mirarme, supe que esa noche yo solo iba a mirar, y que era exactamente lo que ambos queríamos.
Cuando Lucía cruzó la sala y se sentó en las rodillas de él sin mirarme, supe que esa noche yo solo iba a mirar, y que era exactamente lo que ambos queríamos.
Le dije que entrara sola, como si no me conociera, y que hiciera lo que quisiera si algo le gustaba. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa tarde.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
Le pedí que no llevara nada debajo del vestido verde. No imaginaba que esa travesura nos abriría la puerta a la pareja de la mesa de al lado.
Lucía volvió de su clase con el nombre de otra pareja anotado en el móvil. Esa noche supimos que el sábado dejaría de ser un sábado cualquiera.
Entró con una noticia que cambiaría las reglas entre nosotros: una marca quería fotografiarla en lencería, y la idea la encendía mucho más de lo que yo esperaba.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Cuando el guardia gritó su número, las risas se apagaron de golpe y cien miradas se clavaron en ella: la única belleza intacta en un patio de cemento, sudor y alambre de púas.
Solo recibí dos fotos esa mañana: ella desnuda frente al mar y, una hora después, la funda de un condón abierta. Lo demás me lo contó en la cama.
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
Mi novia llevaba una semana fuera de la ciudad y yo solo pensaba en una cosa: escribirle a Mariana y citarla en el café de siempre para jugar un rato.
Seguía repitiéndome que era solo parte de la terapia, que no era nada personal. Pero con el semen de otro hombre resbalando por mis muslos, ya no me creía ni una palabra.
Después de aquel domingo en la playa, ninguno de mis compañeros podía mirarme igual. Y mi mujer lo sabía: era ella quien movía cada hilo.
Bajó las escaleras con el corazón acelerado y el vestido pegado a la piel desnuda. Sabía que él la observaba desde la ventana, y que esa noche el juego ya no tenía marcha atrás.
Cuando lo vi salir desnudo del agua helada de febrero, supe que aquella mañana no iba a terminar frente al caballete.
Le compré un bikini diminuto sin que lo eligiera, conté las horas hasta la madrugada y me recosté en el colchón pequeño, rezando para que ella se quedara a solas con él.
Empezó con una amenaza por un rumor falso. Terminó con su marido de rodillas en la arena, suplicándome que cumpliera el deseo que nunca se atrevió a confesar.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
Cinco años después la vi empujando un carrito con una niña dentro. Bajó la mirada y salió corriendo. Ninguno de los dos quería recordar lo que grabamos juntos.
Entré al cuarto disfrazada de mimo, con una gabardina sobre la lencería y la certeza de que esa noche iba a hacer algo de lo que nunca me arrepentiría.