Lo que hice en el baño del hospital durante mi parto
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.
La alarma sonó a las diez y no pensaba levantarme. Lo que no sabía era que ese sábado iba a descubrir cuánto puedo desearme cuando nadie me mira.
Cerré los ojos creyendo que estaba sola. Cuando sentí la sombra en la puerta, ya era tarde para fingir que no estaba pensando en él.
Dudé un par de segundos, pero las copas ya habían hablado por mí. Me quité el vestido, me senté en el sofá y dejé que el resto se acomodara en el suelo para mirar.
Pensé que tenía el jacuzzi para mí sola. Con dos chicos observándome desde la sauna, mi imaginación se desbordó y mis manos siguieron el ritmo.
Nunca había sido exhibicionista, pero esa tarde abrí la cortina, puse una silla frente al cristal y me desnudé sin saber quién observaba.
Dos semanas sola, sin nadie que tocara la puerta. Saqué la lencería roja, abrí una cerveza fría y me prometí no detenerme hasta quedar temblando.
Eran las nueve de la mañana, llevaba un vestido fácil de apartar y un secreto vibrando entre las piernas. Ningún conductor a mi lado imaginaba lo que estaba haciendo.
Me hice dos coletas, un vestido cortito sin nada debajo y calcé mis tenis favoritos. Jugué a la nena inocente y terminé descubriendo algo de mí que no esperaba.
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Ningún hombre me hizo terminar. Lo descubrí tarde, después de años de manos ajenas y orgasmos fingidos: el único cuerpo que sabía exactamente qué quería el mío era el mío propio.
Me prometí no tocarme hasta llegar a casa, pero entre el trabajo, el gimnasio y un desconocido demasiado guapo, mi cuerpo tenía otros planes.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Le pedí que se pusiera el short más corto que tuviera. Quería ver cómo la miraban los obreros mientras pasaba, y cómo aguantaba ella todo el día con esa ropa.
Apagué el televisor cuando ella subió a dormir, pero la escena seguía repitiéndose en mi cabeza con la cara de mi hermana en lugar de la actriz.
Pensé que serían unas fotos más a cambio de unos dólares. Pero cuando me puse en cuatro frente a la cámara, supe que esta noche el deseo iba a ser solo mío.
A las cuatro de la mañana, solo en el obrador, descubrió que el divorcio no le había despertado las ganas habituales: le había despertado otras, con nombre de vecino.
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Cuando abrí la caja y encontré el encaje negro y la máscara con la pluma, pensé que era un capricho de Andrés. Faltarían meses para que entendiera quién la había elegido en realidad.
Llevaba toda la mañana imaginando que me encontraran. No esperaba que fuera justo la profesora de la que llevaba meses pensando cosas que no debía pensar.