Le di permiso a mi mujer y no esperé esa llamada
Habíamos bromeado con la idea después de la película. Una semana después, mi mujer me dejó un audio a la una de la mañana y el cuarto olía a otro hombre.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Habíamos bromeado con la idea después de la película. Una semana después, mi mujer me dejó un audio a la una de la mañana y el cuarto olía a otro hombre.
En el sueño tengo el cuerpo que siempre quise, y sé que él va a cruzar esa puerta para recordarme exactamente qué soy ahora.
Iba a la oficina con el plug puesto y las medias bajo la ropa, soñando con lo que mi mujer me haría al volver. Esa noche, en el escenario, todo cambió.
Lucía me miró desde la cama recién estrenada y me dijo que al día siguiente, en la piscina, se pondría el bikini que es casi un hilo. No supe decirle que no.
Cuando vi a mi hermana cruzar el restaurante con ese balanceo nuevo, supe que el juego que había inventado para excitar a mi amante había dejado de ser un juego para mí.
Nunca había estado con una mujer, y la primera sería la chica que veía cada noche en pantalla, rodeado de cámaras que lo grababan todo.
Hay mañanas en que despierto mojada, con los pezones duros y un único pensamiento fijo. Empezó otra de mis semanas de celo y nadie en casa imagina lo que escondo.
La dueña sonrió antes de cerrar la puerta con llave y susurró que del otro lado del espejo podía haber otra mujer mirándolo todo.
Damaris cruzó mi puerta con un sostén negro y unos tacos altos. No traía nada más. Esa tarde no íbamos a respetar ningún límite que ya hubiéramos cruzado antes.
Acepté el reto sin sospechar que la quinta foto me llevaría a una cala desierta, frente a un desconocido recostado bajo el último rayo de sol.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
La puerta entreabierta dejaba escapar jadeos. Pegó el ojo a la rendija y reconoció el uniforme blanco de su mujer en el suelo. Algo en él se encendió en vez de romperse.
Eran las siete de la mañana y yo seguía atrapado en el sueño, reviviendo cada cosa que Marina y yo nos hicimos antes de que la vida nos separara.
—Tú eres Ardiente, ¿verdad? —dijo, y entendí que conocía mi alias del foro mucho antes de sentarse frente a mí con esa sonrisa que no prometía nada inocente.
Llevábamos meses repitiéndolo en la cama como un juego de palabras. Esa noche, cuando volví del baño, ya no era un juego: estaban besándose en mi propio sofá.
Sé reconocer cuándo estoy soñando, y casi siempre aprovecho esa lucidez para algo concreto. Aquella mañana de domingo decidí quedarme dentro del sueño un rato más.
Ella lo dijo entre risas, casi como un juego: que ese amigo nuestro le gustaba. Nunca pensé que terminaríamos los tres en la misma habitación.
Cada madrugada repetía la misma fantasía delante de la cámara, convencido de que jamás saldría de la pantalla. Hasta que un desconocido lo reconoció en la calle.
Aquella madrugada se metió en mi saco de dormir diciendo que tenía frío, y lo que pasó después fue solo el principio de lo que de verdad quería pedirme.
Me retoqué frente al espejo, sonreí y volví a la cocina con un plan que ninguno de ellos imaginaba. Esa noche el menú lo elegí yo.