Mi compañera de oficina me invitó a su departamento
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
Toda mi vida fui hetero. Hasta que una tarde mi hijo cruzó el salón y no pude apartar los ojos de su entrepierna. Esa noche supe que ya no iba a poder pararlo.
Hacía meses que le había confesado entre besos que quería ser usado por desconocidos. Esa noche me pidió que llevara el traje de sirvienta en la mochila.
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Ajustó los binoculares hacia la ventana iluminada del cuarto piso y encontró algo que no estaba destinado para él.
Cuando Sandra salió de la tienda con esa sonrisa que conocía tan bien, supe que esa noche no había marcha atrás. Le había dado permiso. Ahora solo tenía que ver.
Llevaba meses fantaseando con verla con otro hombre. Cuando le propuse a Valeria el viaje, los tres sabíamos que algo iba a cambiar para siempre.
Nunca arreglé la puerta del baño. Y ella nunca me pidió que lo hiciera. Ambos sabíamos lo que eso significaba, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Lo tenía borracho en mis manos. Meses de fantasías con mi compañero de cuarto, y ahora solo nos separaba la tela húmeda de su ropa interior.
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
Marcos casi se atragantó cuando le conté lo que había hecho. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado en seis años juntos.
Mientras se ahogaba entre whiskies, me confesó su fantasía más oscura. No supo lo que pedía hasta que llegué a casa con la prueba grabada.
Lo deseaba desde mis primeros amantes y nunca me atreví a decírselo. Aquella tarde, frente a su cámara, descubrí que mi hermano también llevaba años aguantando lo mismo.
Bajaron a la cocina con la mirada seria. Pensé que era el final. Lo que dijeron después convirtió esa noche en algo que ninguno podría deshacer.
Era jueves, el día de mamá, pero mi hermanastra me arrastró a la ducha antes del desayuno. Las reglas del harem que ellas inventaron empezaban a romperse otra vez.
Cuando volví a mi cuarto, ella estaba a cuatro patas sobre la cama, en la misma postura, con la sábana cubriéndole la cabeza. Mi muñeca había desaparecido.
Apagué la luz, cerré la puerta con llave y por primera vez me dejé fantasear sin censura. Lo que descubrí esa noche cambió la forma en que me miro al espejo.
Volví al cuarto envuelta en la toalla. Cuando escuché que alguien empujaba la puerta, no me imaginé quién iba a ser ni cómo iba a terminar la noche.
La luna iluminaba la arena cuando solté lo que llevaba años callando. Pensé que se asustaría; lo que no esperaba era oírlo confesar la suya en el mismo aliento.