Quería verla disfrutar sola y por fin se lo confesé
Tomé la primera salida de la autopista sin pensarlo. Lo que ella acababa de contarme no me dejaba conducir, y todavía no le había confesado lo que de verdad quería.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Tomé la primera salida de la autopista sin pensarlo. Lo que ella acababa de contarme no me dejaba conducir, y todavía no le había confesado lo que de verdad quería.
Cuando volvimos a la habitación ya no podíamos esperar. Entonces sonó la puerta: el regalo que le tenía preparado acababa de llegar, y tú no sabías nada.
Llevábamos dos horas bebiendo cuando le solté, medio en broma, lo que llevaba años imaginando. Él se rio. Yo no.
Bailé pegada a un desconocido con máscara hasta que su voz me preguntó al oído si todavía lo recordaba. Y mi cuerpo respondió antes que yo.
Iba ligera de ropa, vestida apenas, cuando algo enorme y húmedo se desprendió de entre la maleza y me sujetó los brazos antes de que pudiera gritar.
«Solo hay una forma de averiguarlo», dijo mientras se acercaba al potro. Yo había ido a que me sacara la zanahoria, no a correrme delante de un desconocido con bata.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Corrí bajo el aguacero hasta mi puerta creyendo que ya estaba a salvo. No me di cuenta de que él había entrado detrás de mí, hasta que sentí su mano en mi espalda.
Faltaba poco para cerrar cuando sonó la campanilla. Entraron él y ella, pidieron encaje negro y, sin saberlo, me ofrecieron la tarde que llevaba meses fantaseando a solas.
Sé que no debería, pero cada vez que camino sola de madrugada lo busco con la mirada: ese desconocido que me arrincone contra la pared y no me pida permiso.
Cruzó medio reino por una reliquia legendaria; lo que no esperaba era arrodillarse ante quienes la custodiaban, ni desearlo con cada fibra de su cuerpo.
«Vivo en el interior del lago», le dijo ella sin pestañear. Damián la tomó por una excéntrica y la siguió igual. Lo que halló en el fondo no era ningún cielo.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Lo vigilé desde antes de su falta. Dijo que yo era demasiado perfecta para caminar entre el barro, sin saber que esa frase lo condenaba a no salir nunca de él.
Esa noche bajé por un vaso de agua y él estaba despierto en el sillón. Lo que pasó después en mi cama, con mi padrastro respirando del otro lado de la puerta, todavía me quema.
Seguí un rastro de sangre hasta un claro donde algo me esperaba colgado entre los árboles. No imaginé que la criatura del bosque me elegiría a mí como su presa.
Nadó hacia mí sin dejar de mirarme y, en el agua tibia del atardecer, comprendí que aquello que sentíamos de chicos nunca se había ido del todo.
Aferrada al pasamanos del vagón, lo único que podía hacer era mirarlo de reojo e imaginar todo lo que nunca pasaría entre nosotros.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
Subí al escenario sin pensarlo, frente a una sala llena de desconocidos y de un hombre que ya no me miraba. Esa noche dejé de rogar y empecé a sentir.