Mi mujer invitó a un desconocido y me puso de rodillas
Esa noche acordamos algo distinto. Yo cocinaría, abriría la puerta y la vería disfrutar con otro. Lo que no imaginé fue cuánto me iba a gustar obedecer.
Esa noche acordamos algo distinto. Yo cocinaría, abriría la puerta y la vería disfrutar con otro. Lo que no imaginé fue cuánto me iba a gustar obedecer.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
Llevaba meses mandándole toques sin respuesta. Aquella mañana contestó con dos palabras que me pusieron de rodillas antes incluso de abrirle la puerta.
Las dejó junto al felpudo, todavía tibias por sus pies descalzos. Bastó con que mi hija se distrajera un instante para que yo cometiera la locura.
Sus pies sobre el borde de mi sillón fueron solo el principio. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacerla.
Llevaba años robándole las chanclas para esconderme con ellas. La tarde en que me descubrió subida a una escalera, supo exactamente cómo usar mi secreto.
Bastó que ella me encontrara de rodillas junto a su cama para que la amistad se rompiera y empezara otra cosa: obedecer cada uno de sus caprichos sin rechistar.
La primera vez que me ordenó pintarme las uñas de los pies, mis manos temblaban. No por miedo: por las ganas de obedecerle.
Llevaba años guardando ese secreto. Bastó una botella de vodka y una vieja chancleta blanca para que ella tomara el control y me pusiera de rodillas.
Cuando me agarró del brazo a la salida, entendí que no buscaba una disculpa. Buscaba un esclavo, y yo ya estaba de rodillas antes de que lo pidiera.
Le dije que se trajera los modelitos más exagerados que tuviera. Quería pasearla por la ciudad y, al volver al hotel, perderme entre sus pies durante horas.
Bastó que ella mirara mis pies desnudos sobre las baldosas frías para entender, antes que yo, en qué clase de hombre podía convertirme si me lo ordenaba.
Cada vez que su hermana se daba la vuelta, ella se quitaba las sandalias y dejaba sus pies a la vista, sabiendo lo que me hacía y disfrutando cada segundo de mi tortura.
Se quitó el zapato dentro del auto, deslizó el pie hasta mi entrepierna y susurró: «¿Tu primera vez va a ser obedeciéndome? Mejor para los dos».
Desperté atado al banco de cuero, desnudo y amordazado, y entendí que la sesión no era para curarme: era para que ellas se divirtieran conmigo.
A la una de la madrugada se quitó los tacones para provocar, como siempre. No sabía que esa noche alguien iba a convertir su capricho en una orden.
Llevaba semanas admirando sus pies desde la última fila. El día que se quitó las sandalias y me clavó la mirada, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegó del entrenamiento con el uniforme todavía puesto, me miró desde arriba y entendí que esa tarde algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
Me costó tres meses de paciencia llegar hasta el sofá de Mariana, quitarle las zapatillas despacio y descubrir si de verdad le importaba que yo no pudiera dejar de mirar sus pies.
Le dije que me gustaban sus pies y se rió. No imaginaba que esa tarde, mientras cuidaba a sus sobrinas, yo estaría de rodillas frente a su cama con sus zapatillas en las manos.