Mi obsesión secreta por los pies de mi vecina
Aprendí a contar las horas hasta que se dormía. Solo entonces, en la oscuridad de la litera, sus sandalias eran mías y nadie podía ver lo que hacía con ellas.
Aprendí a contar las horas hasta que se dormía. Solo entonces, en la oscuridad de la litera, sus sandalias eran mías y nadie podía ver lo que hacía con ellas.
Llegué a su casa por un trabajo del colegio y la encontré en hawaianas. A partir de ese momento ya no pude mirarla a los ojos sin pensar en sus pies.
Llevaba años fingiendo que no miraba sus pies. Esa noche, descalza sobre la cama, me ordenó arrodillarme y supe que ya no habría vuelta atrás.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
Eran las doce en punto cuando crucé el patio descalzo. Sus ojotas rosadas seguían ahí, tibias, con la marca de cada uno de sus dedos esperándome en la oscuridad.
Entré al posgrado sin conocer a nadie. Bastó que ella cruzara las piernas y se quitara una sandalia para que yo dejara de prestar atención a todo lo demás.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.
Llevaba años persiguiendo este momento en aeropuertos y trenes, pero nunca imaginé que una desconocida me dejaría adorar sus pies descalzos en pleno vuelo.
Sentí sus pies descalzos sobre mi hombro en plena oscuridad. Entonces una voz me preguntó si me gustaba cómo olían sus calcetines, y solo supe responder que sí.
La tienda quedó vacía de golpe, y al asomarse a los probadores Diego no imaginó que esa tarde alguien lo observaría a él mientras él miraba sin permiso.
Le había escrito que sería mi primera vez sometido. No imaginé que el primer gesto al abrir la puerta sería una bofetada y la orden de arrodillarme.
Cuando vi el vídeo en su móvil supe que ya no había vuelta atrás: mi vecina sabía exactamente lo que quería de mí, y yo había caído en su trampa.
Llevaba toda la tarde sin clientes cuando entró ella. Me arrodillé para calzarle un tacón y, con su pie desnudo entre mis manos, supe que no iba a poder parar.
En cuanto él se puso al volante, Carmen supo quién mandaba: ningún beso ni caricia llegaría cuando ella lo pidiera, sino cuando él lo decidiera.
Tres años descalza, dos anillos en los dedos y la certeza de que al terminar el día él se arrodillará a lamer cada huella del camino que ella pisó.
Me lanzaste tus bragas todavía tibias y una sonrisa. «Póntelas y espérame», dijiste. Dos horas después seguía de rodillas, contando los minutos hasta tu llegada.
Se quedó dormida frente al televisor y yo sabía que no debía acercarme. Pero sus pies descalzos sobre el sofá eran una invitación que llevaba meses esperando.
Cuando encontré uno de sus zapatos olvidado en el vestuario, debí haberlo dejado donde estaba. En cambio crucé media ciudad para devolvérselo, y todo se torció.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Bajé al embalse a huir del calor y terminé tumbado en la orilla, incapaz de moverme, mientras los dedos de una desconocida decidían a qué ritmo me rendía.