La noche que mi dómina me exhibió en el club
Hacía meses que no sabía de ella. Su llamada fue una orden, no una invitación: esa noche dejaría de ser una persona para convertirme en su propiedad.
Hacía meses que no sabía de ella. Su llamada fue una orden, no una invitación: esa noche dejaría de ser una persona para convertirme en su propiedad.
Cuando la puerta del armario se cerró y quedamos a oscuras, sentí su mano subir por mi pierna. Solo teníamos diez minutos.
Bastó una frase para que ella se subiera a la cama, apoyara el tacón en su pecho y le dijera que esa noche tendría que ganarse cada caricia.
Pensé que aguantar diez golpes sería fácil. No conté con que ella disfrutaría cada uno, ni con lo mucho que yo terminaría disfrutándolos también.
Cada vez que holgazaneaba lo pagaba con ortigas, latigazos y sus botas embarradas. Y lo peor era que una parte de mí ya esperaba el próximo castigo.
Pasó a buscarme, señaló su mejilla para que la besara y entendí que esta vez las órdenes no se quedarían en la habitación: empezaban al subir a su auto.
Antes de cada toma se ponía la máscara y dejaba de ser él. Sabía que ella no iba a fingir ninguno de los golpes, y eso era justamente lo que pagaba.
Ámbar había aceptado las reglas del amo: nada de placer hasta volver del viaje. Lo que él no sabía era cuál de las dos mujeres llevaba la última palabra.
Lo descubrí masturbándose a solas y debí salir avergonzada. En cambio me quedé, descalza frente a él, esperando que me dijera qué hacer con mi cuerpo.
Bajé el pantalón creyendo que nadie me veía. Cuando tropecé y caí a la arena, dos pares de ojos ya me observaban con una sonrisa que no prometía nada bueno.
Crucé la puerta y no oí nada. Ese silencio significaba una sola cosa: esa noche mi Ama no estaba para juegos, y yo iba a pagar cada minuto de su mal humor.
Quería que entendiera que ningún título ni ascenso significa nada cuando está desnudo sobre mis baldosas, esperando que yo decida cuánto vale.
Cuando le tomó los pies entre las manos y empezó a masajearlos, supo que esa noche, con suficiente vino, la esposa de su tío terminaría entregándose a ella.
Subí los pies a su regazo sin pensarlo, como tantas otras noches. Pero esa vez Daniela me miró distinto, y supe que ya no había marcha atrás.
Marina sabía exactamente dónde tocar para que el cuerpo de Lucía dejara de obedecerle. Esa noche, en la penumbra del hotel, decidió averiguar hasta dónde llegaba su curiosidad.
Llevábamos mes y medio escribiéndonos cada mañana y cada noche. Cuando por fin la vi sentada en aquella mesa, supe que ninguna de las dos dormiría sola.
La diferencia de edad debía ser un problema, no una invitación. Pero cuando ella dejó caer los zapatos y me miró desde el sofá, supe que iba a obedecer cada orden.
Cuando el invierno me deja temblando y sola, cierro los ojos y la imagino entrando a paso firme, dispuesta a desnudarme despacio y a hacerme por fin completamente suya.
Carla no podía quitarle los ojos de encima mientras ella entrenaba. Cada gota de sudor en su espalda encendía algo que jamás había sentido por otra mujer.
Cada mañana se iban juntos a clase de surf y volvían demasiado unidos. Yo solo miraba, hasta que una noche en el porche dejé de querer mirar.