La botella nos dejó sin reglas aquella tormenta
Empezó con besos por una apuesta tonta, pero cuando vi a mi novia abrirse de piernas delante de todos, supe que la noche ya no tenía vuelta atrás.
Empezó con besos por una apuesta tonta, pero cuando vi a mi novia abrirse de piernas delante de todos, supe que la noche ya no tenía vuelta atrás.
Después de aquella primera mamada en el coche, supe que con él no iba a conocer un romance tranquilo, sino una obsesión cada vez más caliente.
Llegué a la fiesta dispuesta a portarme mal. No imaginé que el hermano mayor de mi amante me estaba esperando, ni que él sabía exactamente lo que yo escondía.
Quince años atrás compartíamos algo más que turnos y fotocopias. Cuando me tomó del brazo a la salida, supe que la noche no terminaría en la puerta del salón.
Sabía exactamente lo que iba a hacer cuando apagué la luz grande y dejé solo la lamparita: desnudarme despacio mientras ella fingía hablar de cualquier cosa.
La mañana después de la fiesta, Daniela y Selene ya planeaban algo más atrevido: encontrar a dos hombres que hicieran de ese cumpleaños una noche imposible de olvidar.
Llevaba años fingiendo en la cama de mi marido. Esa noche de fiesta, un chico al que doblaba la edad me susurró un bolero al oído y todo lo que creía dormido en mí despertó de golpe.
No habíamos cruzado el portón del garaje cuando ella ya me había desabrochado el pantalón. Decía que no podía esperar a subir, y le creí.
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Su novio siempre me había gustado, pero era de mi amiga. Esa madrugada, cuando ella cayó rendida por el alcohol, él volvió a la sala sin nada de ropa y todo cambió.
Mara me ayudó a abrocharme el vestido rojo y susurró que esa noche sería mía. No sabía que entre los invitados estaba el hombre más respetado del pueblo.
Nadie me miraba en aquella fiesta. Froté la lámpara por aburrimiento y pedí un cuerpo imposible de ignorar; jamás imaginé el precio que tendría ese deseo.
Tenía el mejor cuerpo que vi en mi vida y un único territorio prohibido. Creí que nunca me dejaría entrar, hasta esa madrugada en que volvimos a cruzarnos por la calle.
Toqué la puerta del baño con el corazón a mil. Sabía que solo iba a mirar. También sabía que me estaba mintiendo a mí misma.
Mi amiga me prometió que esa noche cumpliría una fantasía que solo me había atrevido a confesarle a ella. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaríamos las dos.
Subí al escenario decidida a ser el centro de su atención. Lo que no sabía era que esa noche terminaría entre dos desconocidos que no me dejarían respirar.
Lo besé en el coche como si lo hubiera deseado toda mi vida, y solo entonces entendí que el chico al que vi crecer ya no era un niño.
Bailábamos cuando se acercó a mi oído y me recordó lo que había visto aquella otra noche. Media hora después, yo subía a su camioneta al final del pasillo.
Solo iba a llevarlas a casa después de la fiesta. No imaginé que su amiga, suelta por el alcohol, convertiría ese viaje nocturno en algo que aún no termino de contar.
Cuando su jefe se ofreció a llevarme a comprar las bebidas, mi marido se quedó con cara de tonto. Yo ya sabía que esa salida no iba a ser inocente.