Perdí una apuesta y terminé en una despedida de soltero
Pensé que pagaría la apuesta con un beso o una broma. En cambio, mi amigo me retó a presentarme como dama de compañía en la despedida de su mejor amigo.
Pensé que pagaría la apuesta con un beso o una broma. En cambio, mi amigo me retó a presentarme como dama de compañía en la despedida de su mejor amigo.
Bajé la guardia con una pregunta tonta sobre el sexo en grupo, y Antonella sonrió como si llevara meses esperando que alguien la hiciera.
Llevaba años casada y aburrida cuando aquellos cuatro chicos me rodearon en la pista. Ninguno imaginaba que, bajo el disfraz, yo estaba más que dispuesta a seguirles el juego.
Dije que no tres veces. La cuarta ya estaba flotando desnuda mientras varias manos decidían por mí qué iba a pasar esa noche bajo las luces.
Cuando los gemidos del cuarto cerrado llegaron hasta el jardín, Andrés supo que tenía que ver con sus propios ojos lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Tres mujeres, tres hombres y una sola regla esa noche en el bungaló: nadie sabía con quién acabaría, y el cronómetro ya corría sobre la mesa del salón.
Cuando entró aquella chica de ojos verdes al bar, fui la única que notó el detalle que las demás pasaron por alto. Y esa misma noche acabó dentro de nuestra cama.
Solo quería dormir la borrachera. Pero cuando la puerta se abrió y entraron ellos tres, decidí seguir con los ojos cerrados para ver hasta dónde se atrevían.
Llevaba horas tirada sobre la toalla, el sol bajando, y cada vez que creía haber terminado alguien nuevo se arrodillaba a mi lado con otra idea en la cabeza.
Dejé el móvil en la entrada, monté mis platos y, cuando se hizo de noche, entendí por qué: medio jardín follaba sin pudor y la anfitriona venía directa hacia mí.
El taxi me dejó frente a una verja enorme y un vigilante me esperaba. Yo todavía no sabía que esa noche dejaría de ser una invitada para convertirme en el juego.
Juramos cien veces que no pasaría nada con ellos. Lo juramos hasta convencernos. Y entonces nos llamaron a su habitación y ella estaba esperándonos desnuda.
Cuando sonó el disparo del Mariscal, supe que esa sería nuestra última noche. Lo que no imaginé fue en qué se convertiría la fiesta al apagarse las luces.
Toqué la puerta de madera esperando a mi padre, pero quien me abrió fue el capataz, con una sonrisa distinta. Y entonces me dijo que él no estaba.
Llevaba años buscando algo más fuerte que un solo hombre. Aquel fin de semana, en mi casa de la sierra, treinta de ellos me esperaban junto a la piscina.
Pensé que solo cenaría algo típico antes de dormir. No imaginé que esos dos chicos del bar me llevarían a la noche más desinhibida de mi vida.
Yo solo iba de acompañante, lo juro. Pero cuando los dos entraron en la terraza, idénticos y sonriendo igual, supe que esa noche no me iba a portar bien.
Cuando Mariela tomó el micrófono y dijo que el local quedaba cerrado para nosotras solas, entendí que esa noche ninguna iba a volver a casa siendo la misma.
Llevaba años entrando sola a ese club, esperando una mirada que se quedara en ella. Esa noche unos dedos desconocidos la tomaron de la mano y la arrastraron a la oscuridad.
Mariana nunca había besado a otra mujer hasta esa noche. Volvió a casa temblando de deseo, sin imaginar que su hermanastra la observaba en la oscuridad.