La noche que mi amiga me dejó sola con ellos
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Renata siempre se escondía detrás de Camila y Marisol. Esa noche, en la arena tibia y lejos de casa, decidió que ya no quería mirar desde la orilla.
Apenas lo conocía, pero cuando aquel desconocido me agarró delante de todos, el chófer dejó su copa en la barra y se acercó con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
Cuando le abrí la puerta de casa supe que esa señora iba a arruinarme la noche. No imaginé hasta qué punto, ni dónde terminaría arrodillada frente a mí.
Lo até con una correa fina alrededor de todo lo que le importaba y, cuando tiré por primera vez, supe que esa noche iba a ser mía de principio a fin.
Crucé la puerta esperando una fiesta normal. Encontré un patio lleno de chicas en bikini, ningún otro hombre y una anfitriona con una sonrisa que no era amable.
Tengo la boca seca, la cabeza a punto de estallar y no reconozco esta cama. A mi lado duermen cuerpos desnudos que anoche conocí demasiado bien.
Cuando volví a la cocina por los hielos, mi mejor amiga estaba de rodillas frente a uno de los chicos. Y los demás venían justo detrás de mí.
Una semana después de la fiesta seguía pensando en ellos. Así que les escribí a todos, me puse el vestido más corto y fui a la casa donde sabía que nadie nos interrumpiría.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Me vendaron los ojos y me sentaron en una silla. Cuando unas manos me hicieron tocar ese cuerpo desnudo, supe que mi despedida no iba a parecerse a ninguna otra.
Mi amiga me empujó de nuevo al sofá, me dijo que no me moviera, y cuando quise entender qué pasaba ya había unas manos abriéndome las piernas.
Llegué con un vestido negro y la idea de pasar un rato fácil. A las tres de la mañana ya no contaba las botellas ni las manos que me recorrían la espalda.
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Dos chicas y diez chicos en una sala privada, copas caras y un juego de cartas que dejó de ser inocente con cada cubito de hielo. No pensaba frenar.
Cuando Sofía dijo «¿y si en vez de un trío hacemos una orgía?», sentí que el estómago se me caía y que, por primera vez, no quería decir que no.
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
Bajó la voz y me lo dijo al oído mientras bailaba: esta noche quiero que me veas con tus dos amigos. Y yo, en lugar de frenarla, le seguí el juego.
Sabía que aquel disfraz de diabla era demasiado atrevido, pero lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llegar cuando dejé las braguitas escondidas en el baño.