La noche en que solo quise mirar
Me senté frente al sofá con las piernas apretadas y la ropa interior empapada, decidida a no tocar nada y a verlo todo.
Me senté frente al sofá con las piernas apretadas y la ropa interior empapada, decidida a no tocar nada y a verlo todo.
Solo quería que dejaran de ignorarme, aunque para conseguirlo tuviera que ponerme delante de todos y dejar que se rieran mientras me observaban.
Me había pasado la noche esquivando sus bromas, hasta que lo hice entrar al baño y ya no hubo forma de fingir que no quería tocarlo.
Viajamos para reencontrarnos, pero bastaron unos tragos, un baile pegado y una confesión para que termináramos follando sin frenos.
Damián me pidió que me pusiera el plug antes de salir de fiesta. Yo no sabía que la verdadera noche empezaba cuando su mejor amigo se plantó frente a mí en la pista.
Entré a brindar con ellos por curiosidad, pero cuando cerraron la puerta de la obra y me rodearon, supe que no iba a salir igual.
Cuando su cuerpo se pegó al mío en la kizomba, entendí que esa noche no iba a quedarme a medias con aquella mujer madura.
Fui a esa fiesta jurando que no haría nada, pero cuando me quedé sola con él supe que no iba a salir de ese cuarto con la boca limpia.
Llevaba meses fantaseando con verla en manos de otro. Cuando Damián cerró la puerta esa madrugada, mi mujer se giró hacia Rubén con esa cara que yo solo conocía en la cama.
Mi vestido era demasiado corto, él no apartaba los ojos de mis piernas y, antes de medianoche, yo ya sabía cómo terminaría esa fiesta.
Volvimos sudados, medio borrachos y demasiado excitados; cuando las puertas quedaron abiertas, nadie durmió como había planeado.
Nos hicimos pasar por pareja para evitar idiotas, pero entre alcohol, celos y roce, terminamos cruzando una línea que ya no pude fingir.
Después de despedir a mi hijo en la terminal, me quedé sola con su mejor amigo y ya no tuve fuerzas para seguir fingiendo que no lo deseaba.
Empezó con una broma sobre su blusa abierta, pero cuando me retó a sostenerle la mirada supe que esa noche no iba a terminar en la mesa.
Lo noté nervioso detrás de mí, con las manos en mi cintura y una pregunta que podía cambiar la noche entera.
Llegué antes que nadie a la finca y supe por su mirada que no me había invitado para enseñarme los caballos.
Creí que solo íbamos a besarnos después de la fiesta, hasta que vi a otra mujer desnudándose a pocos pasos y decidí no echarme atrás.
Cuando vi apagar las luces de la casa de campo, supe que esa noche no iba a dormir: iba a mirar cada segundo en silencio.
Cuando vi cómo ella miraba a mi novio, pensé que iba a enfurecerme; en cambio, sentí ganas de empujarla hacia él y mirar de cerca.
Creí que la cena terminaría con mi esposo en la cama, hasta que él pidió que otro hombre me hiciera suya frente a sus ojos.