Mi hermano no soportó verme con otro esa noche
A las tres de la madrugada lo encontré a oscuras en mi cama, esperándome. La furia con la que me había arrancado del baño no era solo cosa de hermanos.
A las tres de la madrugada lo encontré a oscuras en mi cama, esperándome. La furia con la que me había arrancado del baño no era solo cosa de hermanos.
Escondidos entre los árboles los oyeron jadear, y al volver a la mesa la mujer le susurró a su hijo una idea que jamás creyó que se atrevería a cumplir.
Llevaba años cuidándola, pagándole todo, soportando sus gritos. Esa madrugada, frente al callejón vacío, decidí que por una vez ella iba a darme algo a cambio.
Cuando mi tía preguntó si ya tenía novia, todos rieron. Mi prima Camila no. Bajo el mantel, su pie descalzo subió por mi pierna y entendí que la noche apenas empezaba.
Cuando abrió la puerta de un golpe, con el rímel corrido y el vestido arrugado, supe que esa noche había pasado algo que lo iba a cambiar todo entre nosotros.
Marisol creyó que su hijo solo miraba a su prima. Pero esa noche, con el mismo vestido y las mismas curvas, comprendió que la verdadera tentación era ella.
Pensé que era una cena entre viejos amigos. No imaginé que el secreto que mi marido guardaba desde el colegio terminaría con los tres en la misma cama.
Llegué como acompañante de un colega, sin invitación propia. Tres horas después estaba encerrado en el ático con dos estrellas del porno y ninguna intención de salir.
Salí del baño envuelto en una toalla y me quedé clavado en la puerta: ellos ya habían empezado sin mí, y esa noche no quedaba ni una sola línea por cruzar.
El primer día de clase se sentó a mi lado oliendo a vainilla. No sabía que esa chica iba a cambiar por completo mi manera de entender el deseo.
Llegué decidida a portarme bien. Cuando bajaron las luces y el cuerpo de aquel desconocido empezó a moverse entre nosotras, supe que algo iba a salirse de cauce.
Llegó en ropa interior negra, abrió la manguera y dejó que el agua le corriera por la piel. Supe entonces que esa noche de agosto no íbamos a comportarnos como amigos.
Cuando me susurró «ve, pégate a él», supe que esa noche no volveríamos solos a casa. Y una parte de mí llevaba semanas deseándolo.
Estaba casado y solo en la verbena cuando aparecieron mis dos ex la misma noche. Primero se odiaron. Después decidieron compartirme hasta el amanecer.
Cuando Lucía se mudó a nuestro piso, los dos hermanos la deseamos. Nunca imaginé que años después sería ella quien pediría que Bruno se metiera en nuestra cama.
Acepté su fantasía creyendo que era un regalo para él. Lo que ninguno imaginó es que esa noche descubriría justo lo que quería… y dejaría de conformarme.
Llevaba once años casado con ella y creía conocerla entera. Esa madrugada, con mi mejor amigo todavía en casa, descubrí un lado suyo que jamás imaginé.
«No llevo nada debajo», le dijo al oído y siguió de largo hacia sus compañeros, dejándolo clavado en la puerta sin saber cómo iba a aguantar la noche.
En esa fiesta familiar yo era la más lanzada de mis primas, así que fui yo la que se atrevió a preguntarle a don Saúl por qué le decían «el potro».
Tenía diecinueve años y me creía intocable, hasta esa madrugada en que un hombre que me doblaba la edad me demostró cuánto me equivocaba.