Lo que hice en la fiesta de fin de año delante de todos
Me apunté a última hora a una fiesta en el campo donde nadie tenía pareja y mandaba una sola regla: lo que pasara esa noche, se quedaba allí. No imaginaba hasta dónde llegaría.
Me apunté a última hora a una fiesta en el campo donde nadie tenía pareja y mandaba una sola regla: lo que pasara esa noche, se quedaba allí. No imaginaba hasta dónde llegaría.
Pensé que solo cenaríamos los tres. Pero mi prima había invitado a sus amigos, y esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacer a su novio.
Recibí la nota sin firma frente a todos. Esa misma noche, detrás de una máscara, las manos de un hombre me enseñaron lo que tanto había callado.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Llegué a esa fiesta en bañador creyendo que sería un día más con mi novio. No imaginaba que acabaría de rodillas, mostrándole a otro lo que se estaba perdiendo.
Llevaba años guardando ese secreto. Bastó una botella de vodka y una vieja chancleta blanca para que ella tomara el control y me pusiera de rodillas.
En cuanto la reunión se relaja y nadie mira, me escabullo al baño. Sé exactamente qué voy a encontrar en el cesto, y sé perfectamente lo que voy a hacer con ello.
Ella levantó la falda, me miró fija y dijo que no me diera vergüenza, que todos lo hacíamos. Ahí supe que esa noche no se parecería a ninguna otra.
Cada paso hacía sonar el metal escondido bajo su falda. Vera había aprendido a vivir mojada, al borde, esperando la próxima aguja que él hundiría en su carne.
Desde niño los globos me aterraban y me excitaban a partes iguales. Aquel cumpleaños, encerrado en el baño, descubrí hasta dónde podía llevarme esa contradicción.
Le grité que la reja estaba abierta para que entrara con las dos manos ocupadas. Lo que no anticipó fue la bombita que le esperaba justo al cruzar el umbral.
Bajé al despacho esa madrugada solo para descubrir el plan que tenían para mí. Y, en lugar de huir, me arrodillé y dije que sí a todo.
Detrás de cada antifaz había una invitación que nadie se atrevía a decir en voz alta, y esa noche decidiste aceptarla sin pedirme permiso.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
Cuando me tocó el último reto de la noche, supe que podía decir que no. Lo que nadie esperaba era que dijera que sí con esa sonrisa en los labios.
Llevaba semanas imaginando una noche así, sin nombres ni promesas. Lo que no imaginé fue que él me estuviera mirando desde la barra como si ya supiera todo.
Dijeron que la noche estaba empezando y que su piso quedaba a dos calles. Ninguno de los dos dijimos que no, y eso lo cambió todo entre nosotros.
Llevaba horas buscando una chispa en miradas ajenas y no encontraba nada. Hasta que me decidí a cruzar el salón y poner el juego entero en sus manos.
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.