Lo que pasó con mi vecina después de la fiesta
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Mi hermana estaba en el extranjero y me tocó a mí asistir. Cuando mi sobrino me reclamó su regalo frente a sus amigos, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma.
Me escondí en el alero del vestuario con Bruno pegado a mi espalda. Abajo, mi madre y su amiga se desvestían entre los obreros, y yo no pude apartar la vista.
Estaba furiosa, temblando, con una botella casi vacía a mi lado. Marqué su número a las tres de la madrugada solo para escucharlo respirar al otro lado de la línea.
A las seis de la mañana, con un plato de tacos en la mano, decidí sentarme en la mesa de dos desconocidos que llevaban un rato mirándome.
Cuando nos hizo subir al estrado y empezaron las apuestas sobre qué llevábamos debajo del vestido, supe que la fiesta de lujo había dejado de ser normal.
Llevaba semanas evitándola, convencido de que lo nuestro había terminado. Entonces sonó el teléfono y su voz me bastó para saber que volvería a caer.
Volví a casa a las seis de la mañana con su perfume pegado al cuerpo y las nalgas todavía rojas. Mi esposa me esperaba despierta, sonriendo, sin sospechar nada.
Era la mujer de su padre, pero esa madrugada, sentada en la arena y pegada a su pecho, dejé de saber dónde terminaba el cariño y empezaba otra cosa.
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
Bajó la cremallera de su vestido frente al espejo de la entrada y, al verse rodeada por sus brazos, supo que ya no habría forma de volver atrás esa noche.
Despertamos desnudos los tres y, entre risas, recordé el momento exacto en que todo cambió: cuando supe lo que Mariela ocultaba bajo la falda.
Me prometí que sería solo una visita rápida al barrio. Cuando desperté en la madrugada, ella seguía a mi lado impecable, pero algo había cambiado para siempre.
Mi mujer sacó un folleto del bolso y me dijo que esa misma tarde teníamos una reunión. No sabía que aceptar implicaba dejar de ser el único hombre en su cama durante quince días.
Cuando Lucía empezó a quedarse a dormir en casa, yo aún no sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Esa noche, frente a todos, se quitó el vestido sin que nadie se lo pidiera.
Abajo nuestros padres brindaban por veinte años juntos. Arriba, en su cuarto, yo tenía su miembro en la mano y él esperaba que me atreviera de una vez.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Subí las escaleras apenas pudiendo caminar, con el vestido oliendo a la noche entera. No sabía que mi mamá estaba despierta, esperándome en el pasillo.
Bruna se arrodilló en la ducha frente a su prima y ninguna de las mujeres del baño pudo apartar la mirada. Ni siquiera la madre, que ya tenía la mano debajo del vestido.
Cuando bajé a tomar un café en la cafetería desierta del hotel, no imaginaba que él dejaría la fiesta para seguirme con una botella y una idea concreta.