Su obsesión con mi culo empezó en la fiesta swinger
Mi marido me entregó a ese hombre y se dedicó a grabar mientras yo aguantaba más de una hora con él dentro. No le interesaba mi sexo: solo mi culo.
Mi marido me entregó a ese hombre y se dedicó a grabar mientras yo aguantaba más de una hora con él dentro. No le interesaba mi sexo: solo mi culo.
Llevábamos meses metidos en el ambiente, pero esa noche, entre la mazmorra y el club, descubrí hasta dónde era capaz de llegar mi mujer cuando se soltaba del todo.
La hermana del novio me esperaba cada noche, pero la verdadera sorpresa llegó cuando mi amigo me pidió un favor que ninguno de los dos olvidaría.
Cuando Néstor abrió la puerta buscando a quién emparejarse, mi novia ya tenía las manos donde no debía y una idea en la cabeza que lo cambiaría todo.
Mi mujer juraba que jamás cruzaría esa puerta. Tres horas después, era ella quien me suplicaba que no parásemos delante de todos.
Subimos con dos botellas de champán y la idea de pasar un rato agradable. Nadie nos dijo que la familia de enfrente entendía las cenas de otra manera.
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.
El plan era perfecto: con el disfraz de mi amigo, mi esposa jamás sabría que el desconocido que la sacaba a bailar entre las máscaras era yo.
La puerta estaba entreabierta y, mientras espiaba a mi amiga con dos desconocidos, una mano me giró por la cintura. Era él. Y me sonrió como si ya lo supiéramos los dos.
«Ven a las once a la zona norte del estacionamiento. Nada de palabras.» Una nota anónima, una máscara de monja y una mujer que tal vez no fuera la suya esperando contra el coche.
Hugo nos enseñó un vídeo donde nadie sabía quién tocaba a quién. Dijo que era para vencer los celos. No sabía que el sorteo me pondría a mirar lo que más temía.
Me puse el vestido azul que Nadia eligió para mí, sin nada debajo, y subí a cubierta sabiendo que esa noche no habría una sola línea que no estuviera dispuesta a cruzar.
Vagábamos disfrazados de monjes cuando el bosque nos escupió frente a una posada de carnes generosas y vino sin fondo; lo que pasó dentro no cabe en penitencia.
Tres sillas en medio del salón, cuatro mujeres dando vueltas y la música a punto de parar: la que se quedara de pie esa ronda, se quedaba sin nada.
Éramos dos novias que viajaban a desconectar y terminamos en la cama de dos desconocidos. Ninguna de las cuatro manos sabía ya de quién era cada cuerpo.
Me fui enfadado a la cama por una tontería. Quince minutos después me desperté, escuché ruidos en el salón y lo que vi cambió todo entre las dos parejas.
Durante años lo mencionábamos entre risas y copas, sin atrevernos. Esa noche alguien escribió nuestros nombres en papelitos y todos dejamos de hablar.
Cuatro compañeras de oficina, tacones nuevos y un jefe con un plan. Lo que ocurrió cuando la última copa quedó vacía nadie se atrevía a contarlo en voz alta.
Le pedí que no llevara nada debajo del vestido verde. No imaginaba que esa travesura nos abriría la puerta a la pareja de la mesa de al lado.
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.