El vestido que mi vecino eligió para usarme
Le dije que esa noche no salía. Entonces tocó mi puerta con un vestido rosa en la mano y esa sonrisa que ya sabía de antemano que iba a ganarme.
Le dije que esa noche no salía. Entonces tocó mi puerta con un vestido rosa en la mano y esa sonrisa que ya sabía de antemano que iba a ganarme.
Pensé que iba a rogarle que guardara el secreto. No imaginé que cuando volviera al salón lo haría con una fusta en la mano y unas botas de tacón.
Creía que solo iba a divertirme y ganar algo de dinero. No imaginé que aquella noche, entre golpes y caricias, encontraría justo lo que mi cuerpo pedía a gritos.
Yo era el tipo serio del traje y el todoterreno. Bastaba que una mujer me retara con la mirada para que el animal despertara, y aquella feria de pueblo lo soltó del todo.
Volví de la barra con una cerveza en la mano y la vi bailando con él. No pasó nada… ¿o sí? La pregunta se me clavó y, para mi vergüenza, también me excitó.
Era mi mejor amigo, mi confidente. Aquella noche de feria, entre vino y risas, su mano en mi cintura encendió algo que jamás había sentido por él.
Mi amiga me prometió una noche de disfraces y descontrol. Me puse el traje más atrevido del sexshop y bajé a la calle sin imaginar lo que me esperaba en ese bar.
Desde la pista ya nos buscábamos las manos con disimulo; lo que no terminamos en el auto lo seguimos en mi cuarto, sin prisa y sin nada puesto.
Cuando lo cargaron dormido hasta la cama, supe que esa noche no terminaría como las demás. Y no me arrepiento de nada de lo que pasó después.
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Mi hermana estaba en el extranjero y me tocó a mí asistir. Cuando mi sobrino me reclamó su regalo frente a sus amigos, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma.
Me escondí en el alero del vestuario con Bruno pegado a mi espalda. Abajo, mi madre y su amiga se desvestían entre los obreros, y yo no pude apartar la vista.
Estaba furiosa, temblando, con una botella casi vacía a mi lado. Marqué su número a las tres de la madrugada solo para escucharlo respirar al otro lado de la línea.
A las seis de la mañana, con un plato de tacos en la mano, decidí sentarme en la mesa de dos desconocidos que llevaban un rato mirándome.
Cuando nos hizo subir al estrado y empezaron las apuestas sobre qué llevábamos debajo del vestido, supe que la fiesta de lujo había dejado de ser normal.
Llevaba semanas evitándola, convencido de que lo nuestro había terminado. Entonces sonó el teléfono y su voz me bastó para saber que volvería a caer.
Volví a casa a las seis de la mañana con su perfume pegado al cuerpo y las nalgas todavía rojas. Mi esposa me esperaba despierta, sonriendo, sin sospechar nada.
Era la mujer de su padre, pero esa madrugada, sentada en la arena y pegada a su pecho, dejé de saber dónde terminaba el cariño y empezaba otra cosa.
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
Bajó la cremallera de su vestido frente al espejo de la entrada y, al verse rodeada por sus brazos, supo que ya no habría forma de volver atrás esa noche.