Lo que dejamos que nos hicieran esa noche
Bajamos a bailar buscando solo una copa más. Lo que pasó en aquel rincón oscuro de la discoteca todavía no me atrevo a contárselo a nadie.
Bajamos a bailar buscando solo una copa más. Lo que pasó en aquel rincón oscuro de la discoteca todavía no me atrevo a contárselo a nadie.
Nunca te dicen a dónde vas ni quién estará allí. Solo el antifaz, el coche negro y una villa donde aquella noche yo dejé de ser camarera para convertirme en el plato.
Yo creí que iría a la fiesta a llorar en un rincón. Nunca imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar mi amiga para sacarse la bronca del cuerpo.
Bajé del avión sin saber que aquel viaje terminaría con su mano apretándome la cintura en la arena, y conmigo deseando que jamás amaneciera.
Sentí que alguien me desabrochaba el top en la oscuridad. Abrí los ojos lo justo para mirarlo sin que se diera cuenta, y entonces decidí no detenerlo.
Vine al bar tranquila, con vaqueros y sujetador para no dar pie a nada. Tres horas después estaba de pie sobre la barra, en bolas, con medio pueblo aplaudiendo.
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Le pedí una sola cosa: que no apagara la luz. Yo lo vería todo desde el portátil, en la otra habitación, mientras ella se encargaba del amigo de mi primo.
Mi novia me dejó claro que le encantaba exhibirme, así que agarré el cepillo de dientes y bajé desnudo al baño rezando por cruzarme con su tía en tanga.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.
Lo conozco desde niño, amigo de mis hijos. Pero esa noche, en la pista, su mano bajó por mi espalda desnuda y entendí que nunca volvería a verlo igual.
Llevaba la bandeja temblando, la falda subiéndosele por los muslos, mientras ellas brindaban y reían. Esa noche no era un invitado: era el juguete de la fiesta.
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Llevaba toda la noche viéndola bailar con extraños que no sabían lo que yo sí: que a las tres de la mañana iba a ser ella quien me buscara la mano.
Acepté la invitación pensando en una velada elegante entre copas y cumplidos. Nunca imaginé lo que la condesa había planeado para mí cuando se apagaran las luces.
Subí al catamarán para perderme un rato del mundo. Nunca imaginé que terminaría desnuda, rodeada, y que sería yo quien no quería que parara.
Volví al reencuentro por un beso pendiente de la secundaria. No imaginé que esa noche, con la botella girando, terminaríamos siendo tres en la misma cama.
Crucé el salón con el corazón desbocado, me arrodillé junto a ella y supe que después de esa noche mi madre dejaría de mirarme como a la pequeña de la casa.
Mariana aceptó ser mi socia con una sola condición: que su novio entrara a la empresa. Lo que no previó fue cuánto iba a disfrutar él de ser el centro del juego.
Quería contarle mis penas y tomar algo. No esperaba encontrarlo con dos amigos, ni que el despecho me empujara a hacer todo lo que esa noche terminé haciendo.