Trío en la cala del hotel frente al mar
Cuando vimos cómo se le marcaba la erección al salir del agua, supe que aquella cala no iba a terminar con una simple cerveza.
Cuando vimos cómo se le marcaba la erección al salir del agua, supe que aquella cala no iba a terminar con una simple cerveza.
Ella me apretó la mano bajo la mesa cuando él volvió a rozarle el muslo, y supe que esa noche no íbamos a dormir solos.
Aquella mañana me depilé, me puse la lencería más provocadora del cajón y salí para la oficina con una sola decisión tomada: aceptar el trato de mi jefe.
Fui al hotel creyendo que me humillaría con un vídeo; no imaginé que acabaría temblando bajo las manos de la mujer que podía arruinarme.
Salí del baño todavía mojada entre las piernas, y él supo por mi cara que recordar a otros hombres me había puesto a temblar.
Cuando atendió la videollamada desde la oficina, ya estaba desnuda en el hotel y yo tenía a otro hombre esperando fuera de cámara.
Cuando la playa quedó casi vacía, su mano bajó por mi abdomen y entendí que ese último baño no iba a terminar como un juego inocente.
Cuando desperté, las tres estaban desnudas junto a mi cama, sonriendo como si ya hubieran decidido hasta dónde querían llegar conmigo.
Me puse el vestido que él eligió y, cuando sentí las miradas clavadas en mi culo, entendí por qué a mi marido le excitaba exhibirme.
Renté la habitación, me lavé por dentro y encendí el canal erótico. A las dos en punto tocaron la puerta: era él, sudado del trabajo, con el bulto ya marcado bajo el pantalón.
La puerta estaba entreabierta, las velas encendidas y una nota sobre la cama. Aun así, entré, me desnudé y obedecí.
Su marido la empujaba a tentarme y ella fingía resistirse, hasta que terminó desnuda en mi villa pidiéndome más de lo que imaginaba.
Creí que la noche acabaría en nuestra terraza, pero él ya había decidido hasta dónde iba a llevar mi obediencia.
Entré al cuarto convencida de que sería una cogida rápida para vengarme. Salí al amanecer sin recordar mi nombre.
Entré al cuarto por curiosidad y acabé atrapado entre dos cuerpos adultos que parecían entender mi deseo mejor que yo mismo.
En la playa nudista entendí que no le faltaban ganas, solo alguien que se atreviera a empujarla hasta donde llevaba tiempo queriendo llegar.
La dejé en la puerta del restaurante y volví solo al hotel, sabiendo que esa noche iba a escuchar a mi esposa gemir para otro hombre.
Me pidieron dos cosas: reservar habitación y llevar condones XL. Cuando ella salió del baño, entendí para qué me había hecho cruzar media provincia.
Entré al hotel pensando que solo follaría con ella, pero cuando me vendaron los ojos entendí que ese trío iba mucho más lejos.
Cuando abrió la puerta con medias nuevas y una bata corta, supe que no había vuelta atrás y que esa tarde la iba a compartir entera.