La noche que salí a la calle completamente desnudo
Llevaba semanas imaginándolo. Aquella madrugada abrí el portón, di un paso al asfalto y supe que ya no iba a parar hasta que alguien me viera.
Llevaba semanas imaginándolo. Aquella madrugada abrí el portón, di un paso al asfalto y supe que ya no iba a parar hasta que alguien me viera.
El hospital olía a cloro, pero ella sólo respiraba el recuerdo de sus manos callosas en su espalda y la sospecha de que esa noche tampoco iba a abrirle la puerta.
Pensé que el balneario estaba vacío hasta que escuché las risas. Cinco voces jóvenes, cinco miradas que no se desviaron del bikini blanco mojado contra mi piel.
Aparté la cortina con miedo, pensando que eran ladrones. Lo que vi en el patio me dejó sin aire y con la mano temblando entre las piernas.
El entrenador me miró desde el otro lado de la mesa y sonrió. Mi padre me apretó la nuca y susurró: «Hijo, vamos a hacer lo que haga falta para que entres al equipo».
Cuando se bajó el bóxer sin pedirme que saliera del cuarto, supe que la tarde había dejado de tratarse de ropa deportiva.
Cuando propuso que el que perdiera se quitara una prenda, dije que sí sin pensar. No imaginaba el reto que vendría después, ni que terminaríamos sin nada puesto.
Cuando me sirvió el cuarto shot y me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta, supe que esa madrugada íbamos a cruzar la línea que llevábamos meses esquivando.
El chulo que me humilló delante de medio gimnasio me escribió desde una app de citas a cincuenta metros de mi casa. Quince minutos después, llamaba al timbre.
Bajé al jardín a buscarla y la encontré tras el cristal, sentada en la silla, con su asistente besándole los párpados como si yo no existiera.
Estaba arrodillada sobre el asiento del copiloto cuando él susurró el nombre de su novia. Levanté la vista por el polarizado: caminaba hacia el auto.
La llamada llegó un sábado al anochecer. Sus padres estaban de viaje y su voz al teléfono temblaba un poco. Supe entonces que la noche no iba a terminar temprano.
Abajo nuestros padres brindaban por veinte años juntos. Arriba, en su cuarto, yo tenía su miembro en la mano y él esperaba que me atreviera de una vez.
Bajamos a la cocina siguiendo unos gemidos y los encontramos. Esa noche aprendí mirando lo que al día siguiente iba a animarme a probar.
Llegaron a medianoche con vestidos cortos, medias de red y un perfume que me golpeó como un puñetazo. En tres semanas, mi casa se convirtió en otra cosa.
Mariana me preguntó si nunca había sentido curiosidad por besar a otra mujer. Yo le respondí con un impulso que cambió para siempre lo que éramos.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Cuando apagamos las luces y nos metimos bajo la misma manta, no imaginé que esa pregunta tonta sobre besos iba a terminar con sus dedos buscando los míos en la oscuridad.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.
El coche iba tan cargado que solo quedaba un sitio: las rodillas de su hijo. Marisol no imaginó que cinco horas de carretera bastarían para cruzar la única línea que jamás debió cruzar.