El vecino del fondo del pasillo sabía mi secreto
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Llevaba dos semanas sin descargar y la imaginación me jugó una mala pasada en pleno turno. Lo que no esperaba era que alguien se diera cuenta antes que yo.
Llevaba meses fingiendo que no se me iban los ojos cuando salía del baño en calzoncillos. Esa Navidad, solo en el piso, abrí la bolsa de su ropa sucia.
Llegábamos tarde a la academia cada mañana, pero jamás nos saltábamos ese ritual entre las sábanas. Hoy, por primera vez en semanas, era él quien me abría las piernas.
Conocía sus horarios, el ruido de sus botas, el momento exacto en que se quitaba la camisa por el calor. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llevarme esa obsesión.
Las dejó junto al felpudo, todavía tibias por sus pies descalzos. Bastó con que mi hija se distrajera un instante para que yo cometiera la locura.
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.
Llevaba años guardando ese secreto. Bastó una botella de vodka y una vieja chancleta blanca para que ella tomara el control y me pusiera de rodillas.
Aprendí a contar las horas hasta que se dormía. Solo entonces, en la oscuridad de la litera, sus sandalias eran mías y nadie podía ver lo que hacía con ellas.
Llegué a su casa por un trabajo del colegio y la encontré en hawaianas. A partir de ese momento ya no pude mirarla a los ojos sin pensar en sus pies.
Mucha gente me pregunta de dónde viene mi fetiche por los guantes de goma. Casi nadie conoce la respuesta. Empezó un viernes, en la habitación de mi tía, con la puerta cerrada con llave.
En cuanto él se puso al volante, Carmen supo quién mandaba: ningún beso ni caricia llegaría cuando ella lo pidiera, sino cuando él lo decidiera.
Esa noche, mientras conducía de vuelta a casa, supe que detrás de su sonrisa pícara había una idea nueva. Y que no iba a poder sacármela de la cabeza.
Bajé al embalse a huir del calor y terminé tumbado en la orilla, incapaz de moverme, mientras los dedos de una desconocida decidían a qué ritmo me rendía.
Carla apareció descalza entre las sombras del jardín, con esa cara de niña buena que escondía a la chica más perversa que yo había conocido.
Subió los pies a mis piernas, me ordenó desabrochar las cintas de sus sandalias y, con una sonrisa que no era inocente, me dijo que ese sería el precio de su silencio.
Entré a la habitación a ciegas, casi desnuda bajo el abrigo, sin saber quién me esperaba al otro lado de la música. Solo la voz de mi marido me guiaba.
Me arrodillé frente a la ventana sin imaginar que uno de ellos ya había rodeado la casa y me observaba en silencio desde la puerta trasera.
Compartíamos pasillo, ascensor y cafetera, pero nunca una palabra de verdad. Solo lo que cada uno imaginaba cuando el otro le daba la espalda.
Lo humillaban cada día en el instituto, hasta que un frasco sin etiqueta le prometió fuerza. Lo que tomó esa noche lo transformó en alguien irreconocible.