Lo que pasó con mi vecino en la piscina cerrada
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Lo vi en la esquina con el pito entre los dientes, avisando a los jíbaros. No pude dejar de mirarlo, y supe que esa madrugada no me iría a casa sin él.
A los cincuenta y tres años, soltero y aburrido, Ramiro descubrió que la oferta y la demanda también funcionan a las tres de la tarde, en el sofá de su salón.
Me prometió que solo se rozaría un poco. Me relajé, confié en él, y ese fue el error que no debí cometer esa noche en su cama.
Me prometió una plaza en la goleta si lo acompañaba al callejón. Lo que vi por aquella ventana y lo que pasó después cambió todo lo que creía saber de mí.
Se quitó la camiseta empapada delante de mí, sin saber que lo había escuchado todo desde la ducha. Lo que le ofrecí esa tarde le cambió la idea del placer.
Treinta y tres años, un cuerpo de atleta y un secreto que llevaba media vida ahogando. Hasta que aquel chico cruzó la puerta de su tienda y lo miró sin miedo.
Llevaban toda la vida siendo inseparables, pero esa tarde, solos en el sofá, ninguno de los dos quiso fingir que aquel beso había sido un accidente.
Le aposté que si le ganaba en la cancha esa tarde me lo cobraría con él. Se rió. No sabía que yo llevaba años esperando ese momento.
Recibí la nota sin firma frente a todos. Esa misma noche, detrás de una máscara, las manos de un hombre me enseñaron lo que tanto había callado.
La maleta de Unai ya estaba hecha, pero antes de cruzar el océano quedaba una última noche: cuatro cuerpos, dos correas y una despedida que ninguno olvidaría jamás.
No había dormido en dos días, pero unos pasos en el pasillo a oscuras lo despertaron: alguien entraba al baño donde ya esperaba otro chico, y nadie más lo sabía.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Me pidió que cerrara los ojos frente al escaparate. Cuando los abrí, supe que Hugo quería verme convertido en algo que siempre deseé ser sin atreverme a decirlo.
Entró creyendo las duchas vacías, pero el vapor escondía a alguien más. Su compañero de equipo no lo había oído llegar, y él ya no podía apartar los ojos de lo que veía.
El azul de su peto le traía suerte, decían. Pero esa noche, bajo el chorro de agua y las miradas de sus compañeros, supo que la suerte tenía otro nombre.
Cuando cruzaron el portal con la falda rosa y las orejas de conejito, sintieron todas las miradas clavarse en ellos. Y el juguete seguía latiendo dentro de los dos.
Habían montado la pantalla, servido la sidra y aguantado los murmullos. Solos al fin en la plaza desierta, solo quedaba una cosa por hacer: subir a la buhardilla.
Cuando mi madre encontró las manchas en mi ropa creyó lo peor. No sabía que Marco no me lastimaba: me ayudaba a dejar de tener miedo de ser quien soy.