Lo que pasó después de bailar en el carnaval
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.
Cerró la puerta, colgó el cartel de «cerrado» y lo llevó al fondo de la tienda con una excusa tonta. Lo que vino después no lo había planeado del todo.
Llevábamos semanas rozándonos en los pasillos sin atrevernos a nada. Esa noche me cansé de esperar, me quité la sudadera frente a su puerta y le dije lo que quería.
Marcos lo presentó como el hijo de un primo, de visita unos días. Pero Elena no tardó en notar la forma en que el muchacho la miraba cuando nadie más prestaba atención.
Cuando la puerta del cubículo se abrió unos centímetros, supe que Nuria me dejaba mirar a propósito. Lo que no imaginé fue cómo terminaría la noche.
Me decían la solterona de los gatos, pero nadie del barrio imaginaba lo que pasaba en mi casa cada mañana, cada tarde y cada noche desde aquel martes de verano.
Cuando el entrenador le pidió que observara a los muchachos, ella aceptó con una sonrisa. Nadie sospechó que la mujer del traje azul ya había elegido a sus dos favoritos.
Solo quería ver caer el sol y fotografiar el mar. Entonces escuché otra bicicleta acercarse por la arena, y supe que aquella tarde no terminaría como las demás.
Aquella siesta, con el ventilador rugiendo y la casa vacía, mi primo me miró distinto y me dijo que tenía algo que demostrarme. No imaginé hasta dónde llegaría.
Salí del gimnasio con el cuerpo aún ardiendo y me metí por la pista de tierra para fumar tranquilo. No esperaba que aquel coche negro parara justo detrás de mí.
Cuatro meses solo en la montaña le habían dejado un hambre que ningún whisky calmaba. Esa noche, tras la cortina roja de la posada, tres muchachos sabían exactamente cómo recibirlo.
Salimos de las duchas envueltos en toallas cortas, temblando de frío. En el jacuzzi nos esperaban dos desconocidos que sonreían como si acabaran de encontrar la cena.
Perdimos el partido y caminábamos hacia el metro cuando un auto de alta gama se detuvo junto a nosotros. El hombre al volante tenía una propuesta que ninguno de los dos esperaba.
Solo iba a ser la excusa para que su mujer no sospechara. Nunca imaginé que terminaría sentado frente a ellos, sin poder apartar la vista de lo que hacían.
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
La llave giró en la cerradura a las dos de la madrugada y yo seguía debajo de él, sin intención de taparme. Cuatro pares de ojos me miraron desde la puerta.
Llevaba semanas fingiendo que no notaba sus miradas, sus piernas abiertas en el sofá, los bultos que marcaba a propósito. Esa noche volví antes de la cuenta y dejé de fingir.
En cuanto sus padres se metieron en la cocina, el chico le agarró el paquete por encima del vaquero. Nadie en esa casa imaginaba cómo iba a acabar la cena.
Lo vi solo en la barra de la cocina, ajeno al grupo, pegado al celular. Con solo mirarlo supe que esa tarde no iba a quedarse tan macho como creía.
Sabía que mis padres eran dominantes. Lo que no sabía era hasta dónde estarían dispuestos a llegar para darme el regalo que les pedí esa mañana.