La intrusa que se coló para espiar el jacuzzi del hotel
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
Aceptó el servicio como una fantasía única, pero nunca imaginó que aquel desconocido la llevaría a descubrir orgasmos que ni sabía que existían en su cuerpo.
Su rodilla se movía contra mi cadera en la oscuridad y, cuando giré para besarla, descubrí que la cama del otro lado del cuarto también se agitaba en silencio.
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Crecimos en casas vecinas, separados por un muro bajo. Un año de tardes en el patio bastó para que aquella noche en el auto cambiara todo entre nosotros.
Siempre fui la callada del salón. Nadie sospecharía que aquel viernes, mientras los pasillos quedaban en silencio, subí al tercer piso con Damián y dejé mi mochila sobre una banca.
Le pedí que palpara los músculos de mi cuello para estudiar anatomía. No esperaba que terminara la lección girándome la cara y besándome como si llevara años con esas ganas.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Cuando me agaché a buscar una revista del estante más bajo, sentí el aire frío entrar entero entre las piernas. Tres pares de ojos se levantaron a la vez. No me bajé la falda.
Cuando Camila salió del cuarto disfrazada de diabla con un tridente en la mano, supe que esa noche no íbamos a dormir vírgenes.
Reservé la habitación tres semanas antes. Cuando ella se mordió el labio en el rellano del segundo piso, supe que ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
Bajé del coche solo para recoger un paquete y ahí estaba él, el flaquito que me veía en bikini, ya hombre y mirándome como si todavía tuviera mil preguntas.
Subimos a la terraza para escapar de la música y fumar tranquilos. Bruno cerró la puerta detrás de mí, me miró fijo y dijo que había una prueba si quería pertenecer.
Eran las tres cuando su mano se posó sobre la mía bajo las cobijas. Su primo dormía a medio metro y mi corazón latía tan fuerte que pensé que despertaría a toda la casa.
Tenía casi el doble de su edad y vino solo para una clase de Excel. Lo que pasó después en mi sillón fue mi culpa, sí, y volvería a hacerlo sin pensarlo.
Estaba enamorado de Lara, pero cada vez que mis amigos me miraban de aquella forma, algo dentro de mí se rendía sin remedio.
La tienda estaba vacía a las tres de la tarde. Cuando él bajó el cierre y me llevó al probador, supe que esa siesta no iba a parecerse a ninguna otra.
Volví de meses en la Patagonia y la encontré sentada en la cocina a la una de la mañana, con una copa en la mano y esa mirada que prometía pelea.
Salí a la terraza con la bata desabrochada, sin saber que alguien me observaba desde el edificio de enfrente. Cuando lo vi, decidí no taparme.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.