La avenida donde dejo que me miren al anochecer
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Llegué a la granja con mis camisetas de marca y mis aires de ciudad. Ellas tenían las manos curtidas, un cuchillo afilado y muchas ganas de bajarme los humos.
Abrí la puerta equivocada y la encontré frente al espejo, con dos dedos donde no debían estar. No gritó. Sonrió como quien acaba de elegir su presa.
«Si te quedas, dejas de ser la estudiante perfecta», me dijo sin tocarme todavía. Miré la puerta cerrada con llave. Mis piernas no se movieron.
Cada noche bajo a las mazmorras con pan y agua. Anoche, la mujer encadenada a la columna me esperaba desnuda y con una orden en los labios que no podía desobedecer.
Me pongo roja solo de pensar que vais a leer esto, pero él me lo ha ordenado: debo contar, sin tapar nada, cómo aprendí a arrodillarme y dar las gracias.
Apoyados en la encimera creyeron que la casa estaba vacía. No contaban con que ella volviera antes de tiempo, ni con lo que guardaba para quienes se atrevían a engañarla.
Volví al colegio esa tarde con la excusa de estudiar en la biblioteca, pero ninguna de las dos íbamos a abrir un solo libro. Íbamos por ellos.
Era mi mejor amigo, mi confidente. Aquella noche de feria, entre vino y risas, su mano en mi cintura encendió algo que jamás había sentido por él.
Empezó como un interés académico por el alumno más brillante del grupo. Lo que terminó pasando en mi despacho todavía me cuesta ponerlo en palabras.
Bajé la guardia en cuanto cruzó la puerta de la cuadra. No vine a buscar nada de eso, pero su voz me ordenó arrodillarme y ya no supe decir que no.
Esperé a que las puertas se cerraran. Diego ya besaba a su novia sin disimulo, y la hermana de ella me miraba de reojo, mordiéndose el labio, sin saber qué hacer con las manos.
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Reconocí el cesto de ropa que no era el mío y, antes de pensarlo, ya tenía la mano hundida en sus prendas. Lo que pasó después me cambió por dentro.
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.
Subía a su cuarto, abría el clóset y se cambiaba sabiendo que la mirábamos desde la calle. Yo era el más chico del grupo, pero fui el primero en cruzar su puerta.
Me había jurado que su virginidad era innegociable. Esa mañana, en el departamento que un amigo me prestó, me demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Me escondí en el alero del vestuario con Bruno pegado a mi espalda. Abajo, mi madre y su amiga se desvestían entre los obreros, y yo no pude apartar la vista.
Empezó con un tobillo torcido en la cancha y terminó muchas semanas después, una noche en que su casa quedó vacía y ya no hubo motivos para frenar.
Volví por Bryan, pero fue Andrés quien me detuvo en plena calle, me agarró con descaro y me citó al día siguiente. Yo ya sabía lo que iba a pasar y no hice nada por evitarlo.