El día que me quedé sola en la oficina de mi jefe
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Bajé el cierre de su pantalón muy despacio, con miedo a despertarlo. Aquella madrugada cambió para siempre lo que yo entendía por placer.
Cuando entré al aula vacía para cambiarme, la puerta se abrió detrás de mí. Era ella, la presidenta del centro de estudiantes, y no venía sola con palabras.
Lucía se acercó al espejo desnuda y me llamó por el nombre que solo ella usa. Aquella noche, sin nuestros padres en casa, dejamos de ser solo hermanos.
Cerré la puerta con llave y apagué las luces de la sala de estudio. Lo único que quería esa tarde era consolarla; lo único que quería ella, olvidar a su novio.
Volvíamos al hotel a las tres de la mañana, sin haber conseguido nada con los chicos. Lo que pasó al cerrar la puerta cambió nuestra amistad para siempre.
Cuando subí al coche aquella mañana y vi que ella estaba sola al volante, supe que el fin de semana no iba a tener nada de inocente.
Bajé descalza por un vaso de agua, convencida de que estaba sola. Vi la luz encendida en el despacho y supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Cuando tocó el timbre con dos botellas de vino y esa sonrisa, supe que la conversación pendiente del bar por fin iba a terminar en mi sillón.
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
Aquella mujer me miró de arriba abajo, sonrió y dijo la frase que cambiaría mi vida: con un poco de maquillaje, podías pasar por toda una nena.
A las tres de la madrugada Andrés llamó a nuestra puerta. Lo que pasó después en la litera de abajo lo miró mi mellizo desde la de arriba.
Cuando mi madre por fin decidió casarse, jamás imaginé que el viaje a la isla con mi futura hermanastra terminaría revelándome el secreto de toda la familia.
No servía para protagonista, le dijeron. Pero ese culo, susurró el productor con la cámara encima, ese culo sí tiene futuro en esta industria.
Cuando el aula se vació, él se quedó frente a mi mesa con una excusa torpe sobre un ejercicio que ya sabía resolver. Y yo dejé de fingir.
Camila cerró la persiana sin dejar de mirarme y, cuando me metí en la cama, ya no podía pensar en otra cosa que en lo que ella había dicho sobre mi madre.
La sala estaba casi vacía y la película era una excusa: lo que me importaba era su mano subiendo por mi muslo en la oscuridad de la última fila.
Habíamos crecido durmiendo en cuartos contiguos, hasta que una noche un sonido al otro lado de la pared me hizo entender que ya no la miraba como a una hermana.
Cerré el pestillo y encendí el portátil para dejar que la imaginación terminara lo que un desconocido había empezado entre la multitud del andén.
Me asomé sin pensar y vi a los tres bañándose desnudos en la pileta del vecino. Esa misma noche entendí que mirar a escondidas también podía ser una forma de tocar.