El chico del gimnasio que se desnudó frente a mí
Cuando se bajó el bóxer sin pedirme que saliera del cuarto, supe que la tarde había dejado de tratarse de ropa deportiva.
Cuando se bajó el bóxer sin pedirme que saliera del cuarto, supe que la tarde había dejado de tratarse de ropa deportiva.
Cuando propuso que el que perdiera se quitara una prenda, dije que sí sin pensar. No imaginaba el reto que vendría después, ni que terminaríamos sin nada puesto.
Cuando me sirvió el cuarto shot y me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta, supe que esa madrugada íbamos a cruzar la línea que llevábamos meses esquivando.
El chulo que me humilló delante de medio gimnasio me escribió desde una app de citas a cincuenta metros de mi casa. Quince minutos después, llamaba al timbre.
Bajé al jardín a buscarla y la encontré tras el cristal, sentada en la silla, con su asistente besándole los párpados como si yo no existiera.
Estaba arrodillada sobre el asiento del copiloto cuando él susurró el nombre de su novia. Levanté la vista por el polarizado: caminaba hacia el auto.
La llamada llegó un sábado al anochecer. Sus padres estaban de viaje y su voz al teléfono temblaba un poco. Supe entonces que la noche no iba a terminar temprano.
Abajo nuestros padres brindaban por veinte años juntos. Arriba, en su cuarto, yo tenía su miembro en la mano y él esperaba que me atreviera de una vez.
Bajamos a la cocina siguiendo unos gemidos y los encontramos. Esa noche aprendí mirando lo que al día siguiente iba a animarme a probar.
Llegaron a medianoche con vestidos cortos, medias de red y un perfume que me golpeó como un puñetazo. En tres semanas, mi casa se convirtió en otra cosa.
Mariana me preguntó si nunca había sentido curiosidad por besar a otra mujer. Yo le respondí con un impulso que cambió para siempre lo que éramos.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Cuando apagamos las luces y nos metimos bajo la misma manta, no imaginé que esa pregunta tonta sobre besos iba a terminar con sus dedos buscando los míos en la oscuridad.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.
El coche iba tan cargado que solo quedaba un sitio: las rodillas de su hijo. Marisol no imaginó que cinco horas de carretera bastarían para cruzar la única línea que jamás debió cruzar.
Llevaba días sintiendo unos ojos clavados en la nuca mientras tocaba. Ese viernes cerré las puertas con llave y bajé del escenario decidida a descubrirla.
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Bajé el cierre de su pantalón muy despacio, con miedo a despertarlo. Aquella madrugada cambió para siempre lo que yo entendía por placer.
Cuando entré al aula vacía para cambiarme, la puerta se abrió detrás de mí. Era ella, la presidenta del centro de estudiantes, y no venía sola con palabras.
Lucía se acercó al espejo desnuda y me llamó por el nombre que solo ella usa. Aquella noche, sin nuestros padres en casa, dejamos de ser solo hermanos.