La cajera nueva tenía novio y aun así me buscó
Cada mañana me servía el café con una sonrisa que duraba un segundo de más. Yo sabía que tenía novio. Ella sabía que yo lo sabía. Y aun así, ninguno apartó la mirada.
Cada mañana me servía el café con una sonrisa que duraba un segundo de más. Yo sabía que tenía novio. Ella sabía que yo lo sabía. Y aun así, ninguno apartó la mirada.
Él llegó antes de lo previsto, con cervezas frías y ganas de sorprenderla. Ella le contestó desde el baño con la voz quebrada, incapaz de explicarle por qué tardaba tanto.
Me quité las bragas, las dejé bajo su almohada y me arrimé a su espalda sin darle ni los buenos días. Tenía media hora antes de la primera tutoría.
Desde la ventana de su despacho lo veía sudar sobre la bicicleta, sin saber que aquel juego de miradas terminaría con ella llamando a su puerta.
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Carla me llevaba veinte años y nunca había estado con una mujer, pero esa madrugada supo exactamente qué hacer con sus manos, su boca y mi paciencia.
Bruno me dejaba arrodillarme frente a él, pero jamás me besaba: decía que eso no se hacía con cualquiera. Yo solo quería dejar de ser un cualquiera para alguien.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Llamó a mi puerta a medianoche con los ojos rojos y la voz quebrada. No esperaba que la última noche del viaje terminara con mi alumna en mi cama.
Adrián medía cada gesto conmigo, como si supiera algo que yo no sabía. Tardé en descubrir que el chico al que besaba ya tenía la maleta lista y una vida esperándolo en otra ciudad.
Entró en el probador frente a mí con siete bikinis. La cortina no llegó a cerrar del todo, y a partir del tercero ella supo que la estaba mirando.
El último mensaje de Saúl había llegado siete días antes: «A las seis, no faltes». Y a las seis en punto subí, con el pulso en la garganta y el cuerpo decidido antes que la cabeza.
El herrero había salido a ver al conde. Solo necesitábamos unos minutos detrás de la leñera para olvidar que el mundo entero condenaba lo nuestro.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
A las nueve se inyectaba la hormona; a las diez entregaba los apuntes y el resto de su cuerpo en el asiento trasero. Era el trato, y lo cumplía sin temblar.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
La puerta estaba abierta. Entré por curiosidad y la vi bajar las escaleras con el vestido a medio poner, la cara roja y algo que no esperaba escondido entre las piernas.
Camila levantó los ojos del libro por encima de unas gafas que me dejaron sin aire. No imaginé entonces que aquella mesa libre cambiaría mi historia.