La amiga del videojuego con la que crucé los límites
Nunca pensé que un avatar en un videojuego me iba a devolver las ganas de desear a otra mujer, ni que ese deseo se quedaría conmigo mucho después de apagar la consola.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Nunca pensé que un avatar en un videojuego me iba a devolver las ganas de desear a otra mujer, ni que ese deseo se quedaría conmigo mucho después de apagar la consola.
Cuando me hizo un gesto desde el pasillo central, supe que la lista de libros prestados a mi nombre era solo la primera de las trampas que iba a abrirme esa noche.
Le escribí «¿Jugamos?» desde mi probador. Cinco segundos después me colé en el suyo, dispuesta a hacerla acabar en silencio antes de que la dependienta se diera cuenta.
Llevaba años con esa parte de mí guardada en un cajón. Aquella tarde de calor, cuando Mariana sirvió la segunda copa y me sostuvo la mirada, supe que iba a sacarla.
Cuando crucé las piernas, ya sabía que las tres habían planeado algo. Lo que no esperaba era cuánto iba a costarme quedarme callada toda la noche.
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.
Bajé a la habitación a recoger sábanas y vi el cajón entreabierto. La foto que asomaba del sobre cambió por completo el sentido de mi verano.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Entró al café por un cruasán y salió con algo más en la bolsa: la sonrisa de la camarera y una cita a la vuelta de la esquina.
Daniela había desaparecido sin dejarme un número. Yo seguía contando los días cuando la vi en la cafetería, sonriéndole a él como nunca me sonrió a mí.
Las duchas del gimnasio no tienen puertas. Esa mañana descubrí que el detalle no era un problema, sino justo lo que llevaba años buscando sin saberlo.
Llegó con un vestido negro ajustado y las pecas le brillaban bajo las luces del bar. Yo, que jamás había mirado a una mujer, ya no podía apartar los ojos de ella.
Entré buscando un rincón donde nadie me mirara. Levanté la vista del libro al oír su risa, y supe que esa tarde no iba a salir de allí siendo la misma.
Llegué fingiendo preocupación por su gripe. Cuando me di vuelta para irme, su voz me detuvo con una pregunta que no esperaba escuchar de ella.
Cuando entré al bar y la vi al fondo, supe que esa noche no iba a dormir. Tres meses sin sus manos pesaban más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Cuando los demás alumnos se fueron y la luz del atardecer entró por las ventanas, ella cerró la puerta con llave y me pidió que tocara para ella, solo para ella.
Llevábamos casi tres décadas siendo amigas y casi tres décadas sin decir en voz alta lo que ambas pensábamos cuando nos despedíamos en la puerta.
Cuando Matías y yo volvimos del kiosco con los cigarros, Camila y Renata ya estaban demasiado cerca en el sillón, murmurándose cosas al oído.
Tenía dieciocho años, mi hermana veinticinco, y aquella melena negra suya me quitaba el sueño desde que tengo memoria. Aquel verano me prometí hacerla mía como fuera.
Inventé que había olvidado un cuaderno para volver a su casa cuando sabía que Sofía no estaría. Lo que no esperaba era que su madre me abriera la puerta con esa sonrisa.