La italiana del chat me esperó esa madrugada
Detrás del antifaz veneciano había una chica perdida. Solo una desconocida del chat lo vio, y una madrugada cualquiera apareció en su puerta.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Detrás del antifaz veneciano había una chica perdida. Solo una desconocida del chat lo vio, y una madrugada cualquiera apareció en su puerta.
Lucía y Mariana solo querían entretenerse un rato delante del móvil, pero los comentarios y las donaciones de extraños las llevaron a tocarse donde nunca habían imaginado.
Esa tarde no quería hablar del clima. Quería contarme algo que había pasado hacía ocho años, en la casona vieja de su amiga Camila.
Nunca había mirado a otra mujer así, hasta que se pegó a mi espalda durante las sentadillas y dejé de contar las repeticiones.
Mi marido me regaló un masaje en un spa por nuestros siete años juntos. Lo que no imaginó es que sería otra mujer la que me enseñaría cuánto me faltaba descubrir.
Cuando empujé la puerta del baño unisex, ella ya estaba adentro esperándome. No dijimos nada: sus labios encontraron los míos antes de que entendiera lo que pasaba.
Abrí los ojos con resaca y supe que no había sido un sueño: estábamos desnudas, su pierna sobre la mía, y ella ya me miraba con esa sonrisa.
Entré al vestuario sin pensarlo y salí con las piernas temblando, mirando a esas mujeres desnudas como nunca había mirado a nadie en mi vida.
Subí a su suite con la cena que me había pedido. Ella abrió la puerta con un kimono entreabierto y supe que la noche no iba a terminar como yo había planeado.
Cuando mi tía anunció que Yasmín cenaría con nosotros, no entendí esa sonrisa de suficiencia. A medianoche supe que ella siempre había sido parte del plan.
La habitación tenía una sola cama, enorme, y mi amiga de toda la vida me propuso ducharnos juntas para ganar tiempo. Lo que vino después no lo esperaba.
Su pierna se apoyó contra la mía y ninguna la corrió. El mate seguía circulando, pero las dos sabíamos que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Cuando entró al gimnasio supe que la conocía, pero no de dónde. Una hora después la tenía desnuda en la ducha y mi vida estaba por partirse en dos.
Cuando volvimos de la compra, encontré a mi tía con los ojos brillantes y el pelo revuelto. Algo había pasado en esa casa mientras estábamos fuera, y no fue precisamente limpiar.
Sentí su pie descalzo deslizarse entre mis muslos mientras terminaba el postre. Lucía siempre jugaba así en sitios públicos, pero esa mañana no iba a parar.
Marlene venía los miércoles a hacerme la limpieza. Yo aprovechaba para pasearme con cada vez menos ropa. Esa mañana decidí dejarme un mono transparente.
Su mano subió por mi antebrazo mientras yo intentaba servirle más vino, y supe que aquella copa no era la única razón por la que me había invitado a su casa.
Salí del baño con la toalla en la mano, no en el cuerpo, y la encontré agachada frente al minibar. Ninguna de las dos supo a dónde mirar.
Solo quería probar cinco minutos de masaje antes de volver al hotel. No imaginé que esa tarde la mano de una desconocida me cambiaría las vacaciones.
Ocho años buscándola y, cuando al fin la tuve frente a mí, no fui capaz de levantar la espada. Lo que me hizo esa noche no se lo conté nunca a nadie.