Mi primera vez con una mujer fue a los sesenta años
Subí al tren resignada a la soledad de mi cumpleaños. Cuando ella se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo, no imaginé lo que vendría después.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Subí al tren resignada a la soledad de mi cumpleaños. Cuando ella se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo, no imaginé lo que vendría después.
Compartíamos cama porque éramos las únicas que cabíamos, hasta que a las dos de la mañana me besó sin avisar y supe que mis padres dormidos no iban a parar nada.
Llegué pensando que tomaríamos cerveza y celebraríamos su ascenso. Carla abrió la puerta con una falda diminuta y la blusa transparente. Damián aún no había llegado.
Iba tarde, sudada y apretada contra otros cuerpos cuando ella se inclinó a hablarme al oído. No supe en qué momento dejé de pensar en mi reunión.
Entré buscando ropa interior para complacer a otro hombre y salí descubriendo que las manos de una mujer pueden hacer temblar lo que nunca había temblado conmigo misma.
Mi novio roncaba como tronco en la pieza del fondo cuando ella se me acercó. El acento sureño y esos ojos negros me dijeron todo antes que sus manos.
Habíamos hablado cinco meses por chat. Cuando me abrió la puerta del hotel sin maquillaje, en remera negra, supe que ninguna pantalla iba a alcanzar.
Tenía cuarenta y cuatro años, dos hijas y un divorcio reciente cuando la chica de la casa de enfrente me miró distinto y dijo lo que yo no me atrevía a pensar.
Pedí un whisky para olvidar el día y me serví unos ojos verdes con la copa. Cuarenta minutos después, los dedos de la camarera me cubrían los ojos por detrás.
Tenía dieciocho años, era mi primer trabajo y nunca había besado a otra chica. Hasta esa tarde de tormenta en la que ella entró chorreando agua.
Cuando la sentí inclinarse en la oscuridad, creía que las pastillas me habían noqueado. No sabía que yo nunca las tomé y llevaba el día entero esperándola.
Cuando Carla se levantó del sofá, vino hasta mí y me besó, supe que la sesión de pareja iba a acabar con su marido sentado en la butaca aprendiendo a esperar.
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
Llevábamos cuatro años de familia perfecta hasta que ella sacó la botella escondida, la lencería nueva y esa mirada que jamás le había visto cruzar mi cara.
Su publicación en la app de libros decía «busco una baby». Respondí sin pensar y, durante casi un año, aprendí a obedecer cada palabra suya por videollamada.
Cada tarde fingía cualquier excusa para entrar en su cuarto mientras se desnudaba. Lo que jamás imaginé es que aquel juego nos llevaría a su cama esa misma noche.
Llevaba semanas observándola entrenar. Esa tarde la seguí hasta el vestuario sin saber qué iba a pasar, pero sabía que ella también me había estado esperando.
Llegó la orden de meterme en la ducha y ella se quedó mirando. No supe en qué instante la esponja pasó de mis manos a las suyas.
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Bajó de la escalera con una falda imposible y me sonrió. En diez minutos, las dos cruzaríamos un portal hacia un mundo donde nada estaba prohibido.